Roque Benavides
El Comercio, 3 de abril del 2025
“No podemos seguir ampliando la oferta universitaria sin asegurar estándares adecuados. La competitividad del Perú también depende de su capacidad para formar profesionales preparados para los desafíos del futuro”, opina Roque Benavides, presidente del Directorio de Buenaventura.
A propósito del inicio del año académico, es necesario reflexionar sobre el rol de la educación superior para el crecimiento del Perú. La relación entre educación y desarrollo es innegable. Los países más exitosos son los que tiene mayor nivel educativo y tecnológico. Por eso, la proliferación de universidades se ha vuelto preocupante. Según el Minedu, tenemos 98 universidades (46 privadas y 52 públicas), y muchas han surgido sin madurez institucional, orden académico ni alineamiento con el mercado.
Esta expansión descontrolada representa un obstáculo. El 61% de universidades, privadas en su mayoría, se ubica en las regiones y solo el 39% en Lima, priorizando la cantidad sobre la excelencia y buscando rentabilidad masificando las aulas. Este modelo compromete la formación profesional y limita su impacto en la economía. Mientras el mercado no tenga mejoras sustanciales, no es inteligente crear más universidades, sino fortalecer las existentes para formar profesionales competentes.
El caso de la ingeniería de minas es ilustrativo. En el Perú hay 20 escuelas de esta especialidad, superando a países como EE. UU., donde hay menos de 12. Pero cantidad no se traduce en calidad. Mientras en instituciones como el Massachussets Institute of Technology (MIT), la mejor universidad de ingeniería del mundo, las carreras de ingeniería han evolucionado hacia programas interdisciplinarios orientados a la tecnología aplicada, en el Perú aún hay modelos obsoletos que no responden a las exigencias actuales.
La competitividad de un país está ligada a su nivel educativo. Según el Instituto Peruano de Economía, Moquegua es la región más competitiva del Perú, y las pruebas PISA lo demuestran, después de años de inversión en educación por parte del sector minero, como Cuajone y Quellaveco. Esto demuestra que la educación bien gestionada puede transformar y potenciar una región.
El Estado debe actualizar el marco normativo, asegurando el control de calidad. La academia debe promover capacidades de adaptación tecnológica e innovación, y las empresas deben trabajar con las universidades para alinear las necesidades de los sectores productivos. No se puede entender la educación solo como un negocio.
Otro ejemplo es el de la Universidad para el Desarrollo Andino (UDEA) de Lircay, apoyada por Compañía de Minas Buenaventura en Angaraes, Huancavelica, primera universidad bilingüe quechua-castellano del Perú y una de las primeras de provincia en ser licenciada por Sunedu, con 20 años formando profesionales en educación, informática y ciencias agrarias, y que fue fundada por la Madre Luz María Álvarez Calderón Fernandini. Casos como este reflejan que un modelo educativo de calidad es posible cuando empresa, Estado y academia trabajamos juntos.
Finalmente, debemos equilibrar la educación virtual y presencial. La digitalización ha abierto oportunidades, pero la formación presencial sigue siendo esencial para el desarrollo de ciertas habilidades. No podemos seguir ampliando la oferta universitaria sin asegurar estándares adecuados. La competitividad del Perú también depende de su capacidad para formar profesionales preparados para los desafíos del futuro.