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Richard Webb

Érase una vez

Por: Richard Webb

Lima-Perú, 26/03/2018 a las 05:03pm. Por Richard Webb

Por Richard Webb, Director del Instituto del Perú de la USMP
El Comercio, 25 de marzo de 2018

A los 13 años me despacharon a un colegio internado ubicado en otro continente. Durante cinco años nuestra comunicación familiar se limitaba a las cartas semanales de mi madre, la mensual mía y la muy ocasional de mi padre. Salvo la primera Navidad cuando, buscando paliar la separación, una carta de mi padre avisó que el regalo navideño sería una llamada por teléfono, pero que la conversación no podía exceder los tres minutos. Hablar más hubiera costado tanto como un pasaje en avión. Esa privación comunicativa ha sido la experiencia de vida de millones de peruanos que se separaron de sus tierras y familias durante el último medio siglo para estudiar o trabajar en otros lugares. Pero la incomunicación ha sido, además, la experiencia normal de los milenios de vida humana.

Lo que podrá significar la repentina llegada de la comunicación masiva, en tiempo real y casi gratuita, que además se ha vuelto ininterrumpida, es algo que recién estamos empezando a comprender. La imagen de ese avance es positiva, no solo por el calor que da a la vida personal, sino como instrumento educativo y de civilización, casi uno de los más grandes avances de la humanidad. Pero sus efectos han sido materia de estudio pocas veces, sin duda por lo repentino de su aparición. Recuerdo mi sorpresa cuando, hace cuatro décadas, la entonces recientemente creada Universidad de Lima anunció una Facultad de Comunicaciones. Qué enseñarán allí, me pregunté. ¿Serán las técnicas del periodismo? Desde 1945, la PUCP tenía ya su escuela de periodismo, pero recién en 1998 fue reformulada como una Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación, y una multitud de universidades hoy ofrecen esa materia. Sin embargo, el estudio de la comunicación sigue dirigido más a las técnicas artesanales del oficio que a sus impactos sobre la vida personal o social.

Un aviso temprano acerca de esos impactos fue la obra del profesor canadiense Marshall McLuhan, quien hace medio siglo anticipó el Internet y observó que un mensaje sería muy distinto según el medio de comunicación utilizado. Una cosa es leer un texto escrito, otra es recibir el mismo mensaje en vivo y en directo, viendo la cara, el vestido y los gestos del locutor. Las mismas palabras pueden tener muy diversos sentidos según el tono de voz utilizado. El efecto de los mensajes hablados y transmitidos visualmente, tanto por la televisión como por el Internet, ha sido un enorme aumento del contenido emotivo de las palabras.

Es a partir de esa nueva realidad de la tecnología de la comunicación que debemos evaluar el papel de los medios ‘informativos’. Dos estudiosos del tema, los sociólogos Neil Postman y Giovanni Sartori, han advertido sobre los peligros de los nuevos medios, resaltando su motivación esencialmente frívola y comercial. En Estados Unidos es notorio el caso de los canales Fox News y CNN, que han combinado una extrema polarización política con un perfeccionamiento del arte de la manipulación de la opinión.

¿El milagro de la comunicación moderna nos libera o nos esclaviza? Claramente, sus beneficios son enormes, pero cada día se hace más evidente su probable culpabilidad en la polarización y mayor emotividad que hoy complican los escenarios públicos en gran parte del mundo.

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