Richard Webb
El Comercio, 23 de marzo del 2025
Un efecto del desarrollo económico ha sido el aumento en el peso de la riqueza en general, tanto monetaria como en bienes productivos y, como efecto de esa tendencia, un mayor nivel de capacidad para el ahorro y la inversión.
Me formé como economista, pero, si tuviera que escoger una carrera hoy, mi primera opción sería la psicología. En realidad, mientras cursaba los estudios universitarios en economía descubrí que se acababa de inaugurar una cátedra de psicología, y me inscribí de inmediato. Lamentablemente, la universidad dio marcha atrás después de unas clases iniciales, cancelando el curso. Cuando me trasladé a otra universidad para completar el doctorado en economía, tampoco fue posible incluir, aunque sea una cucharadita de psicología como parte de la carrera. El resultado ha sido un economista con título profesional, pero con poca preparación para prever o explicar gran parte de lo que acontece –o no acontece– en una economía moderna. Más aún, es probable que el papel de la psicología en las decisiones económicas hoy es mayor al que tenía en el pasado, y la mejor manera de identificar y aproximar la importancia de ese papel es a través de una revisión de la historia económica.
Una de las preguntas centrales de cualquier historia económica, por ejemplo, se refiere a la explicación de las diferencias en las tasas de inversión en distintos períodos y lugares. La tesis más conocida al respecto postula un papel importante de los grupos sociales minoritarios que en el pasado han recurrido al éxito emprendedor e inversionista para sobrevivir en sus condiciones de desventaja política y social, como habría sido el comportamiento de los judíos y de grupos protestantes en regiones de Europa. En el caso peruano, por ejemplo, es plausible identificar a grupos de inmigrantes europeos y también chinos como motores de emprendimiento e inversión durante el primer siglo de nuestra independencia. Destaca la creación de nuestro primer banco –el Banco de Crédito– por inmigrantes italianos en el siglo XIX, pero también el papel general de diversos grupos inmigrantes durante nuestro primer siglo republicano. El argumento psicológico subyacente –de una respuesta positiva en el ámbito económico, ante situaciones difíciles– también podría explicar el éxito de gran parte de la población rural migrante que se trasladó a pueblos y ciudades en el Perú, sobre todo durante el siglo XX, y que logró mejorar sus condiciones de vida en las ciudades, con negocios y otros trabajos urbanos. La mayor parte de las casas y pequeños edificios que hoy albergan a esa población constituyen inversiones y mejoras de vida con mayor acceso a la educación para sus hijos y a la salud para la familia en general.
Un efecto del desarrollo económico ha sido el aumento en el peso de la riqueza en general, tanto monetaria como en bienes productivos y, como efecto de esa tendencia, un mayor nivel de capacidad para el ahorro y la inversión. Esa creciente riqueza invertida en bancos y diversos valores monetarios ha constituido una fuente de riesgo adicional al que siempre existe para el proceso productivo. Y, de hecho, se ha traducido en una creciente inestabilidad económica. Así, el comportamiento ante la inseguridad de tales valores ha sido un componente difícil de predecir y, de hecho, se convirtió en uno de los mayores causantes de colapsos económicos durante el último siglo. ¿Qué aprendemos de la teoría económica para reducir o manejar tales riesgos especulativos? Todo indica que el desarrollo económico se basa en la solución de las necesidades físicas de los procesos productivos pero que, al mismo tiempo, ese mismo desarrollo genera nuevos riesgos que responden, más que a las leyes de la física de la producción, a leyes más bien de la psicología y de la sociología.