Inspirado en el discurso apertura del año académico de la Universidad del Pacífico, 2006
Contrariamente a lo que muchos predican, los recursos naturales con los que cuenta nuestro país son una bendición.
Algunos prefieren quedarse en el pasado y maldecir las consecuencias de la explotación del caucho o el guano. Obviamente, también echan mano de las historias de horror derivadas de la explotación de minerales. Sin embargo, es absurdo y por supuesto, injusto, estancarse en la época colonial o en los inicios de la República. En estos tiempos, también la producción agrícola, de la que parte nuestra maravillosa cocina, se basaba en la explotación de mano de obra esclava. Pero hoy nadie relaciona nuestro éxito gastronómico a las prácticas de las grandes haciendas. De la misma manera, es injusto relacionar la bonanza que la minería puede traer al país, con una explotación minera que, cuando los recursos se acaben, dará fin a un ciclo económico de bonanza que hará aparecer «esa odiosa debacle e incertidumbre que destruye democracias y da origen a falsos caudillos».
Gracias a la explotación de recursos naturales, entre ellos los mineros e hidrocarburos, ha sido posible generar desarrollo económico (con estabilidad, crecimiento y riqueza). Son ellos los que han permitido el desarrollo de una industria moderna y, más aún, la capacidad de brindar servicios especializados sumamente sofisticados que demuestran que el Perú es también un país capaz de generar una oferta de ‘productos’ que involucran el mayor valor agregado posible: la creación de nuestros especialistas en ingeniería, arquitectura, diseño, o tecnologías de la información, entre muchos otros.
A raíz del desarrollo minero y de hidrocarburos, podemos decir que el Perú ha ido mucho más allá que la elaboración de chocolate o joyas que hacen algunos con el cacao o el oro. De hecho, aunque algunos lo digan, no es sobre la base de chocolatines, pulseras o lavadoras que los suizos o japoneses han alcanzado los niveles de desarrollo que hoy ostentan, sino en la investigación y tecnología que está detrás de ellos, así como de servicios como los financieros, que poco tienen que ver con el cacao.
Muchos de los países más desarrollados, (empecemos con Noruega, que ocupa el primer lugar en el ranking del Índice de Desarrollo Humano), han generado riqueza y bienestar sobre la base de la explotación de productos naturales. Lo mismo puede hacer el Perú; especialmente con la compleja actividad minera, el Perú ha entendido que la generación de riqueza no esta sólo en la extracción del mineral, sino en el desarrollo de una serie de capacidades que dan origen a clusters que incluyen el trabajo de profesionales de formación científica.
Para que Suiza haga chocolates, los países productores de cacao, como el nuestro, tienen que haber desarrollado un producto de óptima calidad, que haya comprometido inversiones en mejora genética, resistencia a plagas, abonos orgánicos y mayor productividad. Eso es valor agregado; no solo la incorporación de pasas y nueces en una bonita envoltura.
El oro con el que se hacen las joyas, tiene detrás servicios especializados de geología, ingeniería, movimiento de tierras, análisis de leyes del mineral, y capacidad para construir la infraestructura que permita a los trabajadores operar con seguridad en socavones a cientos de metros bajo tierra.
Es increíble e injusto que, hasta ahora, la minería o la industria de hidrocarburos o gas sean vistas como ‘una actividad extractiva’ que exporta recursos no renovables sin dejar sino divisas en el Perú:
La explotación de recursos naturales y, entre ellos, los mineros, ha permitido el desarrollo de una compleja producción industrial y de servicios de clase mundial, capaz de competir con las mejores empresas de ingeniería del mundo. Y, si hacemos solo un pequeño esfuerzo para dejar de lado los prejuicios y la tentación de lo banal, entenderemos que estas son las actividades que más encadenamientos generan con el resto de la economía; y las que más investigación promueven. Ciertamente mucho más que los chocolates y café en vasos de cartón.
En su reconocido y gran discurso de inauguración del año académico de la Universidad del Pacífico del año 2006, Acurio reconoció que hasta hacia poco, la gastronomía era solo un recurso que gozaba de la difusión que le daban «algunos extranjeros que descubrían anecdóticamente sus bondades en visitas de trabajo por el Perú».
Afortunadamente, nuestros recursos naturales no son sólo una gran cantidad de yacimientos descubiertos anecdóticamente. Son una suma de capacidades de exploración, investigación, desarrollo y ejecución de técnicas y procedimientos que materializan su gran potencial cuando la inversión, nacional y extranjera destina la cantidad de recursos que el desarrollo de estas complejas actividades requieren.
Paradójicamente, detrás de nuestras incomprendidas actividades mineras, de hidrocarburos e, incluso, pesqueras; detrás de Las Bambas, Tía María, Constancia o Yanacocha, existen oportunidades inmensas de crear conceptos que trasciendan su ámbito local para convertirse en industrias y servicios de metal mecánica, ingeniería y construcción que vayan mucho más allá de la venta de polos de algodón, comida o, incluso, concentrados de mineral.
Son las primeras, las especializadas las que constituyen el valor agregado de las industrias extractivas y que generan para el país enormes beneficios tanto económicos como de posicionamiento del Perú como un país que, aprovechando sus recursos naturales puede vender al mundo el mayor valor agregado posible: descubrimientos, investigación, conocimientos y creaciones de la mente humana.
Exactamente lo mismo que hicieron los ingenieros, astrónomos y científicos del imperio incaico para dejarnos como legado Ollantaytambo, Moray y el propio Machu Picchu.
Sin embargo, ¿qué falta para el despegue final? ¿Por qué sentimos que aún no despegamos como quisiéramos?
El Perú tiene uno de los mayores potenciales mineros del mundo, con costos por debajo de los de otros países que producen los mismos minerales y brinda oportunidades que atraen el interés de inversionistas de todo el mundo. En el Perú hemos logrado una transformación que permite atraer inversión aun cuando la gran parte de las economías del mundo atraviesan una situación de crisis. Así, el Perú continúa creciendo, aun cuando sea a tasas más bajas (y lamentablemente por debajo de su potencial).