Miguel Palomino
La República, 21 de enero del 2025
«El rostro de la pobreza ha cambiado, pero la solución sigue siendo al misma: inversión privada que genere empleo y mejore ingresos»
Desde el 2020, los peruanos hemos estado preocupados tanto por el aumento de la pobreza como por la escasa reducción del número de pobres en los cuatro años anteriores a esa fecha. Pasamos de un largo y exitoso periodo de 15 años, en el cual se redujo en 10 millones el número de pobres en el Perú, a un aumento, desde el 2020, de 3,3 millones de peruanos en situación de pobreza. ¡El 10% de los peruanos! Retrocedimos a las cifras de pobreza del 2010. ¡Quince años perdidos!
Lo que explica ambas preocupaciones es la reducción en la tasa de inversión privada desde el 2014, no por coincidencia, durante el gobierno de Ollanta Humala. El cambio de Humala del polo rojo al polo blanco habrá convencido a algunos peruanos, pero no a la mayoría de inversionistas, tanto locales como foráneos. Al grito de ‘¡Conga no va!’ se detuvieron o atrasaron seriamente casi todos los proyectos mineros. A eso le siguió una avalancha de acciones y declaraciones en contra de la inversión privada (mientras se iniciaba la nueva refinería de Talara), las cuales se han mantenido hasta hoy. Lógicamente, el ritmo de inversión privada se redujo como consecuencia de esto y, con la altísima incertidumbre respecto al resultado de las elecciones del próximo año, esta se mantendrá limitada por el futuro previsible.
Ahora bien, cuando salgan los cálculos del INEI para el 2024, probablemente se haya logrado reducir ligeramente la pobreza. Esto porque creció moderadamente la producción y se creó empleo gracias al ligero aumento de la inversión privada, pero aun así la pobreza será mucho mayor que la que había en el 2019. Tanto el crecimiento del producto por habitante como el de la inversión privada desde el 2014 hasta el 2024 han promediado menos de 1%, con lo cual resulta que la batalla contra la pobreza la hemos dado casi sin municiones.
Recordemos que en los 10 años del 2003 al 2014, la inversión crecía a un ritmo promedio de 14% anual, mientras que el producto crecía a 5,8% anual. ¡Hacia eso es que tenemos que orientarnos! Es claro que mientras no crezca fuertemente el ritmo de inversión privada y así empuje a la producción y al empleo, no se podrá aspirar al ritmo de reducción de la pobreza de los primeros 15 años de este siglo. Estaremos atrapados en el nivel de países de medianos ingresos con un nivel de pobreza inaceptable. Excepto que, si examinamos más de cerca la pobreza, veremos que esta ha cambiado radicalmente en los últimos veinte años.
Hace dos décadas, la pobreza era típicamente rural. La migración hacia Lima y otras grandes ciudades reflejaba el deseo de mejora de gran parte de la población. Buscaban los beneficios de las grandes ciudades, con la promesa de mejores oportunidades. El rostro típico del peruano pobre era el de un niño altoandino anémico. Pero ya no es así.
Hoy el rostro típico del peruano pobre es el de un niño limeño con déficit de calorías. En el 2004, había 6,9 millones de pobres rurales en el Perú, contra 3,6 millones de pobres en Lima. Hoy existen 2,7 millones de pobres rurales en el Perú y 3,2 millones de pobres en Lima metropolitana. Algo parecido ha sucedido con los pobres urbanos fuera de Lima, donde su número ha caído de 5,6 millones a 4 millones en el mismo periodo. Lima concentra a un tercio de los pobres del Perú, proporción muy parecida a la de su participación en la población total del país.
Lima ya no es tan distinta del resto del Perú como lo era antes. Así, si tomamos en cuenta que el factor determinante en la pobreza es el nivel del ingreso medio por trabajo, podemos ver como este ha evolucionado dentro y fuera de la capital. En el 2004, según la Enaho, el ingreso por trabajo en Lima era casi 30% mayor que el del Perú. Solo la región Ica tenía mayores ingresos por trabajo que Lima metropolitana. Al 2024, el ingreso por trabajo en Lima es solo 9% mayor que el del Perú y las regiones de Moquegua, Arequipa, Ica y Madre de Dios registran mayores ingresos por trabajo. Cuando uno toma en cuenta que estamos comparando la ciudad de Lima con regiones enteras, es claro que el ingreso en las ciudades capitales regionales debe ser bastante mayor y que otras capitales regionales, como Trujillo, deben tener mayores remuneraciones promedio que Lima, ya que la ventaja de Lima sobre La Libertad es de menos de 2%. Esto, además, no toma en cuenta que el costo de vida es mayor en Lima que en gran parte de las demás ciudades.
El hecho es que hoy funcionaría más fácilmente que antes la mejor política contra la pobreza: impulsar la inversión privada que genera empleos mejor remunerados que dan al trabajador el principal medio para salir de la pobreza. Se han hecho diversos estudios sobre qué fue lo que logró que el Perú tuviera tal reducción de la pobreza en tan pocos años y todos llegan a la misma conclusión. Entre el 80% y el 90% de la reducción de la pobreza se logró por el aumento de los ingresos por trabajo. La parte restante es explicada principalmente por los programas de ayuda social del Gobierno y de privados (ambos financiados en gran parte por el crecimiento económico).
Anteriormente, la lucha contra la pobreza tenía que enfrentar el gran escollo de cómo llegar a zonas alejadas y ajenas al mercado. Esto sigue siendo cierto, pero ahora casi tres cuartas partes de todos los pobres se concentran en centros urbanos, lo que hace más fácil que se beneficien del crecimiento de la inversión privada, si esta se da. Incluso, como nos grita la evidencia, existen zonas alejadas donde la minería y otros proyectos pueden lograr grandes avances en la lucha contra la pobreza. Como indiqué antes en esta columna (‘El secreto de Dina’), lo sucedido en Apurímac con la inversión de Las Bambas destroza por completo todos los argumentos en contra de la minería como principal salida de la pobreza. ¡Hay menos pobreza hoy en la región Apurímac (25,8%) que en Lima metropolitana (28,1%)! En el 2009, antes de que empezara a desarrollarse el proyecto Las Bambas, las cifras comparables eran 72,0% y 16,1%. ¡Cómo pueden argumentar en contra de tamaña evidencia!
La pobreza puede ser disminuida rápidamente si se aumenta fuertemente la inversión privada. Esta inversión no necesita, ni se le debería dar, ni incentivos tributarios ni otras gollerías. Simplemente requiere de reglas estables y razonables y un gobierno que apoye la inversión, en lugar de continuamente ponerle trabas.
Con una pobreza rural que hoy es mucho menor que antes (por ejemplo, era 83,4% en el Perú rural y hoy es de 39,8%), el Gobierno puede atacar la pobreza en aquellos puntos en que, por algún motivo, no pueda llegar la inversión privada. Mientras tanto, con los impuestos que pagarán estas inversiones, el Gobierno puede dedicarse a la provisión de servicios básicos para todos los peruanos, como seguridad, bienes públicos y justicia, que tanto nos hacen falta.