Andrés Balta
Perú21, 13 de febrero del 2025
«Escribo esto para hacer ver hasta dónde puede llegar el progresismo zurdo que postula, sin ton ni son, que donde hay una necesidad surge un derecho, aproximándonos con pasos gigantes a la infinita estupidez, en diferentes partes del mundo y con cada vez mayor frecuencia».
Estuve a punto de quedarme sin ojos cuando saltaron de mi cara al ver —por video— a unas jovencitas “transespecie”, protestando en la calle, a través de distintos y repetitivos tonos de ladridos. Ellas ladraban y los transeúntes las filmaban en un espacio público. Para quienes —como yo— recién se topan tan crudamente con este fenómeno esencialmente estúpido, una persona transespecie es aquella que se identifica con un animal o ser mitológico, en lugar de como un ser humano.
Escribo esto para hacer ver hasta dónde puede llegar el progresismo zurdo que postula, sin ton ni son, que donde hay una necesidad surge un derecho, aproximándonos con pasos gigantes a la infinita estupidez, en diferentes partes del mundo y con cada vez mayor frecuencia.
Incluyo, con el efecto purificador y liberador de los espectadores, los comentarios de la gente después de los ladridos ofrecidos por el sexteto de mujeres caninas. Aquí vienen impregnados de peruanísimo “cochineo”, afortunadamente “incorrecto”. La catarsis fue desde “necesitan veterinarios psiquiátricos, lo están pidiendo a ladridos”, hasta “quiero ver si también comen comida de perros y si están atados al fondo de su casa sin celular” pasando por “yo las llevo a Alaska, las pongo a jalar trineos y ya verás si quieren ser o no ser perras”, siguiendo con “soy paciente psiquiátrica y no me considero una de estas”, “¿para eso les ganaron a los otros espermatozoides?” y “si se perciben perras que no pidan derechos humanos, digo yo, no sé”.
Está claro que es un problema ético y moral. Ellas no están locas, las zurdas estructuras de poder, la propaganda y la pérdida de autonomía crítica las ha envuelto y embadurnado con ideología y estupidez.