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Lima-Perú, 29/05/2018 a las 01:05pm. por Fausto Salinas Lovón

Autoritarismo, Populismo y Corrupción

Los relatos de América Latina han creado una realidad peor

Hoy compartimos con nuestros seguidores, un magnífico discurso de Fausto Salinas Lovón, que denuncia como los ‘relatos’ han creado en América Latina y el Perú, una interpretación de la realidad que nos ha llevado a desenfocar nuestra visión del desarrollo y nuestra acción política, para terminar cayendo en los tres grandes males de nuestra región, el autoritarismo, el populismo y la corrupción.

Tres grandes males que se refuerzan mutuamente y distraen la atención de los ciudadanos, evitando una presencia crítica en la formación de nuestras estrategias de desarrollo y las políticas públicas.

Fausto, un cusqueño comprometido con la construcción de nuestra nación, colaborador de Lampadia, tiene el valor de alejarse de lo ‘políticamente correcto’, para prender las luces que deben ayudarnos a reaccionar hacia la acción cívica. Reclamo que les plantea a sus colegas del Rotary International, en la inauguración de la Conferencia del Distrito 4455, en el Cusco.

Fausto Salinas Lovón
Cusco
Compartido con Lampadia

Conferencia pronunciada en la Inauguración de la Conferencia Distrital del Distrito 4455 de Rotary International, en el Cusco, el 25 de mayo de 2018

El propósito de esta conferencia es mostrar cómo en América Latina los relatos sobre su historia se van alejando de la realidad, se convierten en una nueva historia y han creado una realidad mucho peor.

La historia de América Latina está llena de relatos. La realidad, desde el sur del Rio Grande hasta la Patagonia, ha sido una sola y ha estado allí, por varios siglos después de la conquista, sin embargo, los relatos que se han dado para contar esa historia y sobre todo para explicarla, han sido muy variados y de distinto tipo.

En la colonia, hubo dos tipos de relatos. Unos que nos decían que no éramos una civilización, que discutían inclusive nuestra condición humana (me refiero a Jines de Sepulveda en la Conferencia de Valladolid) y que, como lógica consecuencia de ello, nos proponían cambiar todo y sustituir una parte de nuestra esencia por el modo de vida de la metrópoli. El otro relato, nos decía que, si fuimos un conjunto de civilizaciones y culturas y que la colonización sólo era despojo, saqueo y muerte, siendo la consecuencia lógica la necesidad de restablecer la utopía precolombina. Este último relato, ciertamente parte de un hecho histórico: la conquista y el exterminio de varias civilizaciones y culturas; sin embargo, oculta, al igual que el primero, el verdadero sentido de la mezcla de dos mundos: el mestizaje y el surgimiento de una nueva sociedad. La realidad del mestizaje racial y cultural no era advertida por estos relatos.

En la emancipación y el primer siglo republicano, el relato interesado de los caudillos nos hizo creer a todos que podíamos pasar fácilmente, de ser súbditos a ciudadanos de repúblicas inexistentes. Siguiendo estos relatos y desoyendo el mensaje sanmartiniano de prudencia constitucional o las advertencias de Juan Bautista Alberdi a quien le preocupaba nuestra falta de ciudadanía, nuestro desapego a la Ley o el irrespeto a la autoridad, nos enfrascamos en un republicanismo tropical que engendró casi un siglo de caudillismo militar estéril, sólo interrumpido por escasas primaveras liberales y constitucionales en la Argentina con Mitre, Sarmiento y Avellaneda;  en Chile con Andrés Bello o en Perú con José Pardo y el Partido Civil.  Este caudillaje militar engendrado por estos relatos, no hizo otra cosa que prolongar nuestra inmadurez continental y retardó la consolidación institucional de nuestros países. Es cierto que en el Siglo XIX la amenaza de una reconquista europea rondaba diversos ámbitos de nuestro continente; sin embargo, esto sólo fue la coartada para no avanzar en la instauración de verdaderas repúblicas y estados de derecho con libertades ciudadanas.

A principios del siglo XX América Latina tiñó sus relatos de radicalismo. Las ideas de los anarquistas Proudhon, Kropotkin y Mijaíl Bakunin llegaron a América y el anarquismo, llamado a exacerbar la libertad, no ayudó en su protección y terminó siendo simple telonero del marxismo anticapitalista que aterrizó, hace un siglo en nuestra Región, para no dejarla nunca más. En efecto, las ideas anarquistas impulsaron los primeros movimientos sindicales en Argentina, Chile, Perú, sin embargo, fueron superadas por el embate comunista que pasó a controlar el sindicalismo en esta parte del mundo.

En este terreno, abonado por el radicalismo, América Latina siguió siendo tierra de relatos y el nuevo pretexto a inicios del Siglo XX fue la Doctrina Monroe.

Según esta doctrina, acuñada en Washington, Norteamérica podía intervenir en caso de que una potencia colonial europea quisiera reconquistar territorios en América. El intervencionismo norteamericano surge entonces como el nuevo y principal enemigo de la Región, y el relato nos dice que los Estados Unidos están detrás de todo porque quiere una América para los Americanos y que invadirán todo aquello que les parezca. A partir de este relato,  se nos ha llevado a ver en todo la mano norteamericana y su afán intervencionista, pese a que ya han pasado 100 años desde la construcción del canal de Panamá (probablemente el acto más nítido del intervencionismo norteamericano) y ha pasado ½ siglo desde la Alianza para el Progreso, tiempo desde el cual hemos dejado de ser parte de la página principal del Departamento de Estado, ocupado en Corea y China en los 50s, en Vietnam, en los 60´s , en Rusia , Medio Oriente, Afganistán e Irak y ahora en Siria y Corea del Norte. Pero el relato está tan vivo, que, en la cumbre de las Américas de abril pasado, en Lima, el canciller Cubano Bruno Rodríguez, espetó al Vicepresidente Norteamericano Mike Pence, la Doctrina Monroe, afirmando que el encarcelamiento de Luis Ignacio Lula por corrupción es una expresión más del intervencionismo norteamericano.

Si la Doctrina Monroe estuviera presente en la realidad latinoamericana de las últimas décadas y no solo en el relato, Allende no hubiera tenido tiempo de destruir la economía y sociedad chilenas, la Isla del Mal hubiera sido destruida por unos cuantos misiles y en Venezuela, Chávez hubiera podido ver las consecuencias de sus atrocidades. 

Así ha transcurrido el Siglo XX en América Latina en medio de relatos.  En el Perú, de la mano del marxismo de Mariátegui y del antiimperialismo de Haya de la Torre en Perú, se construyeron enemigos distantes en Nueva York y Londres, contra quienes se luchaba en calles y plazas, se aglutinaban masas y obviamente se obtenían votos.  Basados en relatos similares, antiimperialistas y nacionalistas, en 1929 surgió en México el PRI, que gracias a su relato populista se mantuvo en el poder 70 años en lo que Octavio Paz llama la Dictadura Perfecta, que le permitió controlar los sindicatos, las alcaldías, las profesiones, los Estado y obviamente el gobierno central por todo este tiempo.

En La Argentina, el relato entronizó a los “descamisados” como protagonistas de la acción política y bajo el concepto de que las “nacionalizaciones nos hacen independientes” acuñado por Perón a raíz de la compra de los ferrocarriles a los ingleses, se estatizó la infraestructura pública de ese país, se hizo de la dádiva y el subsidio el lenguaje político y se creó el engaño más acabado de América Latina, el peronismo, que tiene la capacidad de cobijar en su regazo a personajes tan variados como el pseudo liberal Carlos Saúl Menen o la pareja de Néstor y Cristina Kirchner.

En Chile, el relato comunista tuvo forma poética con Pablo Neruda y este, que no renunció a sus tres esposas, pero si a la candidatura presidencial comunista en favor de Allende, hizo posible la llegada del comunismo al poder, con las consecuencias que todos conocemos.

Pero es Cuba, sin ninguna duda, donde se han fabricado los mejores y más poderosos relatos de la historia latinoamericana. Dos fabuladores brillantes como Fidel Castro y Ernesto Che Guevara le hicieron creer al mundo que destruir una nación, asesinar opositores, abolir las elecciones, eliminar la separación de poderes, suprimir la alternancia en el poder, asesinar homosexuales por simple homofobia, exportar guerrillas e instalar el totalitarismo de estado eran actos de dignidad, de heroísmo y de valor revolucionario, porque se daban en contra del Imperio.

En 1963, Lisa Howard, periodista de la ABC entrevistó a Ernesto Che Guevara y le preguntó cuales son los 2 principales problemas de Cuba. Guevara, puro en mano y con dos balas de fusil como decorado de esta entrevista le respondió: Uno el Imperialismo. Dos, el Imperialismo.

Obviamente, en Cuba más que en ningún sitio era necesario un relato de esta magnitud. Había que justificar la destrucción de una nación libre y el enemigo, estaba apenas a 70 millas.

El relato del antiimperialismo y la lucha de clases ligado al anterior, es tan fuerte y vigente que nos ha puesto en guardia de alguien a quien hemos dejado de interesarle hace décadas y hemos perdido la carrera frente a quienes no vieron esos enemigos y nos han ganado la carrera de la historia. Corea, Singapur, Taiwán no se pusieron en guardia frente a imperialismo y sus fantasmas y, en 40 años, han dejado el tercer mundo y son potencias, mientras nosotros, seguimos apostados en trincheras universitarias, académicas, políticas, en contra el imperialismo.

Hay otro relato que no se acuñó en las batallas políticas sino en los gabinetes. La teoría de la dependencia. Esta teoría utiliza la dualidad metrópoli-satélite​ para sostener que la economía mundial posee un diseño desigual y perjudicial para los países no desarrollados, a los que se les ha asignado un rol de subordinación de producción de materias primas con bajo valor agregado, en tanto que las decisiones fundamentales y los mayores beneficios se realizan en los países centrales, a los que se ha asignado la producción industrial de alto valor agregado.

La versión poética de esta teoría (porque los poetas, siguiendo el mandato de Gramschi tenían el encargo de tomar la cultura para garantizar la hegemonía), la dio Eduardo Galeano en sus Venas Abiertas de América Latina de 1971.

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, se especializó en perder”   

Este debe ser uno de los relatos más tóxicos de la realidad latinoamericana, ya que, si a alguien le dicen que nació para perder, probablemente no esté dispuesto ni siquiera a entrar al campo de juego.

El último relato es el Socialismo del Siglo XXI creado en el Foro de Sao Paulo, fundado en 1990 a instancia del PT de Luis Ignacio Lula da Silva, como la agrupación de izquierdas latinoamericanas. En su formación, posterior a la caída del muro de Berlín, este Foro sólo tenía a un partido miembro que estaba en el poder: El partido comunista de Cuba. En 20 años llegó a tener hegemonía en América Latina con la llegada de Chávez al poder en Venezuela en 1998, el triunfo de Lula y el Partido de los Trabajadores en 2002 en Brasil, luego Tabaré Vázquez del Frente Amplio en Uruguay en 2004, Evo Morales por el  Movimiento al Socialismo en Bolivia en 2005, Michelle Bachelet del Partido Socialista de Chile en 2006, Rafael Correa por Alianza PAIS en Ecuador en 2006, Daniel Ortega por el Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua en 2006, Fernando Lugo en Paraguay, José Mujica por el Frente Amplio en Uruguay en 2009, Mauricio Funes del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional de El Salvador en 2009, Dilma Rousseff por el PT de Brasil en 2010, Ollanta Humala por el Partido Nacionalista de Perú en 2011, Nicolás Maduro del Partido Socialista Unido de Venezuela en 2013, Michelle Bachelet del Partido Socialista de Chile de nuevo en 2014 y Salvador Sánchez Cerén del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en 2014.

El Foro de Sao Paulo nos contó el relato de que el socialismo real, caído estrepitosamente en 1989 en Europa del Este y luego en la Unión Soviética si era posible en América Latina en la medida en que se agregaran ciertas dosis de autoritarismo, privación de libertades, nacionalizaciones, populismo y clientelismo.

Es verdad que algunos países y por algún tiempo, han tratado de sustraerse de este relato. El Perú, en los últimos 25 años, con la excepción del quinquenio humalista. Chile desde 1980, con algunos tropiezos en el segundo gobierno Bachelet.  Colombia desde Álvaro Uribe y México desde Salinas de Gortari y con mayor firmeza desde Fox y Calderón, a través de su apertura comercial, su apuesta por la democracia, su agresiva política social para reducir la brecha de ingresos y su apertura al capital y la inversión. Sin embargo, nada garantiza que el relato no se vuelva a imponer en estos países y señores como Petros, Lopez Obrador u otros sombríos seguidores del relato de Sao Paulo hagan tropezar a esos países, ya que la vacuna del progreso no ha llegado aún a esas naciones.

¿Pero, cual ha sido el precio de estos y otros relatos similares que han cambiado y sustituido la realidad de América Latina? ¿Qué consecuencias han generado?

Estos relatos, reafirmados día a día en la política doméstica de América Latina, en los debates sindicales, en las notas periodísticas, en los debates universitarios, en los comentarios en redes sociales, han engendrado dos consecuencias muy graves:

En primer lugar, nos ha sustraído la responsabilidad de nuestro destino. La ha puesto en manos de los conquistadores, del imperio, del capitalismo y de la globalización. Nosotros no hemos sido ni seremos responsables de nuestro destino. Nada de lo que hagamos para mejorar como personas, empresarios, intelectuales o lo que fuera, será suficiente porque como indica el relato, la culpa es del Imperio o nacimos para perder.

En segundo lugar, ha construido enemigos falaces y ha creado batallas innecesarias.

Los verbos de una sociedad que no tiene estos relatos son: Inventar, Crear, Progresar, Enriquecer o Innovar. La sociedad que no tiene enemigos falaces inventa y crea. La sociedad que no se siente perdedora progresa. La sociedad que no cree en la lucha de clases progresa y se enriquece. La sociedad que no tiene complejos, innova.

Pero, una sociedad como la nuestra, plagada de estos relatos, usa otros verbos. Los verbos de una sociedad que no es responsable de su destino y que tiene enemigos que la hacen pobre son: Luchar, Reivindicar, Confrontar, Conquistar.

Con una predicación de este tipo, hemos tolerado que hoy día, América Latina sea el continente de la corrupción, el populismo y el autoritarismo. La corrupción de las empresas brasileras apadrinadas por el PT, el autoritarismo rabioso de Maduro o el disimulado de Evo Morales, la perpetuación en el poder y la mayor y más triste crisis humanitaria de Venezuela, son la consecuencia de todos estos relatos.

No es casual que Luis Ignacio Lula Da Silva, en su última visita a Caracas en el 2010, le dijera a Chávez:

“Quiero agradecer a los empresarios brasileros porque ellos a pesar de su preocupación de algunas noticias de que Venezuela va a estatizar empresas o no les pague a las empresas, estos empresarios tienen confianza porque ellos están motivados y conozco la extraordinaria relación que usted tiene con esos empresarios.”

Pero, esto solo ha sido posible porque los gurús del relato sostuvieron que en Venezuela sólo había manipulación y no dictadura. Eduardo Galeano en el 2004, en Italia decía:

“El caso más claro y escandaloso de manipulación de la opinión pública mundial es hoy por hoy el caso de Venezuela. En el teatro del bien y del mal hay una distribución de funciones entre ángeles y demonios y Hugo Chávez es uno de los principales demonios, un dictador desde el punto de vista de las fábricas de la opinión pública mundial”.

En clave contemporánea, podemos concluir sin temor a equivocarnos que, han sido estos relatos los que han engendrado el autoritarismo que tenemos hoy en Nicaragua y Bolivia y las dictaduras infames de Venezuela y Cuba. Esos relatos en su afán de mostrar una realidad acorde a sus intereses han creado una realidad peor y de ella somos víctimas hoy día.

Pero entonces, ustedes se preguntarán, y en todo esto, ¿cuál es el rol de los rotarios?

  • ¿Seguir repartiendo refrigerios para los vacunadores de la Polio, cuando el Estado en manos de los seguidores del relato sigue oprimiendo a los pueblos latinoamericanos?
  • ¿Llevar abrigo a nuestros compatriotas empobrecidos por seguidores del relato que les impiden desarrollar actividades mineras o forestales en sus tierras?
  • ¿Poner agua potable en comunidades que se oponen a tener su propia riqueza en base a la explotación de los recursos naturales?

Algunos deben pensar que si.

Yo, y con esto comienzo el final de esta conferencia, no creo en estos relatos. Creo que la historia de América Latina debe borrar estas páginas horribles. Debe arrancar estos relatos infames que han creado una realidad peor y debe recuperar las enseñanzas de Sarmiento, el valor del mestizaje de Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco y José Uriel García, las enseñanzas de Andrés Bello y volver a poner al latinoamericano en el protagonismo de su propia historia.

Y creo que los rotarios, si queremos ser líderes en un mundo y una realidad como esta, no podemos quedarnos en el balcón, viendo, por ejemplo, como nuestra inacción frente a los relatos, ha convertido a Venezuela en lo que es. Hemos dejado que el relato cause mucho daño.

Cuando veo los sitios de internet de los clubes de la frontera de Colombia con Venezuela en las zonas de Bucaramanga, por ejemplo, o los sitios web de los distritos de Venezuela y advierto que allí no se refleja lo que pasa en esas realidades, pienso que estamos convertidos en los músicos del Titanic, enviados a tocar “Cerca de ti Señor”, la patética interpretación en medio del naufragio.

Yo, no creo que ese sea el rol del rotario. El rotario no solo debe alimentar hambrientos y curar heridos, el rotario debe alimentar espíritus para que la destrucción de los relatos no siga haciendo de América Latina la región perdida del mundo.

En esta ciudad, ombligo del Mundo Andino, donde se ha creado, por ejemplo, uno de los disparates diplomáticos más grandes de los últimos años, la UNASUR, que solo ha servido para mermar protagonismo a la OEA y para validar autoritarismos, también podemos asumir el compromiso de buscar que el relato termine y que la libertad, la democracia y el estado de derecho sean el verdadero alimento de los pueblos de América Latina. Solo así podremos decir que somos líderes prestando servicios humanitarios, promoviendo normas de ética y contribuyendo a fomentar la buena voluntad y la paz en el mundo.

Espero que este breve ensayo nos motive en esta Conferencia a tomar acción.

Muchas Gracias. Lampadia

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