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Lima-Perú, 14/08/2018 a las 08:08am. por Lampadia

Por un cambio que nos traiga una mejor democracia liberal

En búsqueda de un espacio de reflexión

  • “Hay unos cuantos años en que todo cambia al mismo tiempo”
  • "Hasta hace pocos años, la democracia liberal reinaba triunfante"
  • "Luego llegó el futuro, y sucedió que fue muy diferente"
  • "Por primera vez en la historia, la más antigua y poderosa democracia, eligió un presidente que desprecia abiertamente las normas constitucionales"
  • "La voluntad de los estadounidenses de elegir un futuro líder autoritario es un muy mal augurio"
  • "Estamos atravesando un ‘momento populista’. La pregunta es si este se tornará en una ‘era populista’, y pondrá en duda la sobrevivencia de la democracia liberal"
  • "Una de las razones del éxito de la democracia liberal, fue que no había ninguna alternativa coherente. El comunismo falló. La teocracia islámica tenía poco apoyo más allá del Medio Oriente. El modelo chino de economía de estado bajo las banderas del comunismo, era difícil de emular por parte de naciones que no compartían su particular historia"
  • "Parecía que el futuro era de la democracia liberal"

Estas frases resumen la presentación del libro de Yasha Mounk: The People vs. Democracy, why our Freedom is in Danger and how to Save It (El pueblo contra la democracia, por qué está en riesgo nuestra libertad, y como salvarla).

El gran cambio político se está dando en el hemisferio norte, donde se está produciendo un movimiento tectónico de proporciones que abarca a EEUU, Europa, Rusia y China.

Pero el racional sobre el debilitamiento de la democracia liberal y la economía de mercado, se produce mayormente en EEUU y Europa, donde los académicos y los científicos políticos y sociales empiezan a converger hacia explicaciones en las que las imágenes toman el lugar de los ‘fundamentals’.

Por ejemplo, según hemos explicado en Lampadia, se ha producido una sensación generalizada que el progreso en el mundo está estancado y que hay un proceso de concentración de riqueza que se habría dado con el estancamiento de los ingresos de la clase media y baja. Sin embargo, estos hechos no son claros.

Hay estudios muy serios que sustentan algo totalmente diferente. Veamos: The Economist reportó en marzo pasado un análisis que trae conclusiones muy distintas que muestran:

La economía de EEUU ha crecido enormemente durante las últimas cuatro décadas, pero no todos sus trabajadores han cosechado los frutos. Tal vez la estadística más citada para demostrar cuán desiguales han sido las ganancias es el ingreso familiar promedio. Las estadísticas oficiales de la Oficina del Censo muestran que este número se mantuvo estable durante 40 años. Sin embargo, un análisis reciente de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) descubrió que en realidad aumentó en un 51% entre 1979 y 2014. ¿Por qué es que las cifras de la CBO son mucho más alentadoras? Ver Retomemos el libre comercio.

Es lamentable que la aparente desigualdad de EEUU, se haya generalizado y llevado a un supuesto fenómeno global de desigualdad en el mundo. Esto ha permitido que se vayan construyendo mitos que son aprovechados por los políticos populistas, que están desestabilizando el mundo de nuestros días, cuando la realidad, como lo demuestran Hans Rosling y Stephen Pinker, entre otros pocos investigadores serios, es todo lo contrario.

La verdad, como hemos explicado anteriormente es que, durante las últimas décadas, en los países emergentes, se ha producido un aumento sustancial del bienestar y la desigualdad se ha reducido dramáticamente. Ver en Lampadia: 7 ensayos sobre la prosperidad, Las dos caras de la desigualdad en el mundo y Contundente reducción de la desigualdad.

Ni siquiera es claro que se ha producido un estancamiento, lo que sí es claro es que en el mundo de hoy, las imágenes son la realidad, por lo tanto, la realidad política con la que uno tiene que enfrentarse es una en que tenemos que tomar co o dada la reacción contra el estatu quo. Con más o menos furia.

Hoy hay una realidad política que tiene que ser enfrentada, pero no con la defensa del status quo. La opción por el cambio arrasa toda la política y el cambio no puede ser enfrentado por el conservadurismo. El cambio hacia el populismo tiene que ser enfrentado con otra propuesta de cambio que necesariamente tiene que abarcar:

  • El refrescamiento de la democracia
  • La limpieza del manejo de la cosa pública
  • La participación de los jóvenes en el diseño del mundo de la Cuarta Revolución Industrial.

En esencia, en lugar de cementar apuradamente una nueva realidad política,  hay que invitar a las juventudes, académicos y políticos a unos buenos años de análisis y reflexión, a encontrar un camino positivo que nos permita crecer sobre lo bueno que hemos logrado en las últimas décadas, para generar una nueva ilusión de bienestar general, que no puede inspirarse en una visión parroquial o proteccionista, sino en una visión global, en que el conjunto de la humanidad debe encontrar un espacio de paz y prosperidad compartida.

Poara fomentar ese espacio de reflexión, presentasmos líneas abajo el ensayo de Yasha Mounk sobre la suerte de la democracia liberal. Lampadia

Cómo el aumento en populismo podría derrumbar la democracia liberal

Yascha Mounk, profesor sobre gobernanza en Harvard y autor del nuevo libro ‘The People vs. Democracy’: por qué nuestra libertad está en peligro y cómo evitarlo.
The Guardian, Reino Unido
4 de marzo, 2018
Traducido y glosado por Lampadia

Los autoritarios se multiplican y los electores están siendo seducidos por los extremos. Para luchar contra ello, la política establecida debe comprender las causas del descontento popular y reconstruir los fundamentos morales de la democracia.

Hay largas décadas en las que la historia parece arrastrarse. Las elecciones se ganan y se pierden, las leyes se adoptan y derogan, nacen nuevas estrellas y también las leyendas van a sus tumbas. Pero con el paso del tiempo, las ‘estrellas guía’ de la cultura, la sociedad y la política siguen siendo las mismas.

Pero luego están esos breves años en los que todo parece cambiar a la vez. Los políticos nuevos asaltan el escenario. Los votantes claman por políticas que eran impensables hasta el día anterior. Las tensiones sociales que se habían cocido a fuego lento bajo la superficie estallan en terribles explosiones. Un sistema de gobierno que parecía inmutable ahora parece que podría desmoronarse.

Hasta hace poco, la democracia liberal reinaba triunfante. A pesar de todas sus deficiencias, la mayoría de los ciudadanos parecían profundamente comprometidos con su forma de gobierno. La economía estaba creciendo. Los partidos radicales eran insignificantes. Los científicos políticos pensaban que la democracia en lugares como Francia o Estados Unidos había sido tallada en piedra hace mucho tiempo y casi no cambiaría en los próximos años. Políticamente hablando, parecía que el futuro no sería muy diferente del pasado.

Luego vino el futuro y resultó ser muy diferente. Los ciudadanos llevan mucho tiempo desilusionados con la política; ahora, se han vuelto impacientes, irritados, incluso despreciativos. Los sistemas de partidos parecen haberse congelado durante mucho tiempo; ahora, los populistas autoritarios están aumentando en todo el mundo, desde EEUU hasta Europa y desde Asia hasta Australia. A los votantes siempre les han desagradado algunos partidos en particular, políticos o gobiernos; ahora, muchos de ellos se han hartado de la democracia liberal.

La elección de Donald Trump a la Casa Blanca ha sido la manifestación más clara de la crisis de la democracia. Es difícil exagerar la importancia de su ascenso. Pero no es un incidente aislado. En Rusia y Turquía, los líderes elegidos han logrado convertir democracias incipientes en dictaduras electorales. En Polonia y Hungría, los líderes populistas están usando el mismo libro de jugadas para destruir los medios, socavar las instituciones independientes y silenciar a la oposición.

Otros países pueden seguir su ejemplo pronto. En Austria, un candidato de extrema derecha casi ganó la presidencia del país. En Francia, un panorama político rápidamente cambiante está brindando nuevas oportunidades tanto para la extrema izquierda como para la extrema derecha. En España y Grecia, los sistemas de partidos establecidos se están desintegrando a una velocidad vertiginosa. Incluso en las democracias supuestamente estables y tolerantes de Suecia, Alemania y Holanda, los extremistas están celebrando éxitos sin precedentes.

Ya no puede haber ninguna duda de que estamos pasando por un ‘momento populista’. La pregunta es si este ‘momento populista’ se convertirá en una ‘época populista’ y pondrá en duda la propia supervivencia de la democracia liberal.

Cuando la democracia es estable, es en buena parte porque todos los principales actores políticos están dispuestos a adherirse a las reglas básicas del juego democrático la mayor parte del tiempo.

Algunas de estas reglas son formales. Un presidente o primer ministro le permite a la judicatura investigar las faltas cometidas por miembros de su gobierno en lugar de despedir al fiscal. Presume cobertura crítica en la prensa en lugar de cerrar periódicos o censurar a periodistas. Cuando pierde una elección, deja el cargo en paz en lugar de aferrarse al poder.

Pero muchas de estas reglas son informales, y es no es muy claro cuando se violan:

  • El gobierno no reescribe las reglas electorales meses antes de una elección para maximizar sus posibilidades de ganar.
  • Los insurgentes políticos no glorifican a los gobernantes autoritarios del pasado, amenazan con encerrar a sus oponentes o se proponen violar los derechos de las minorías étnicas y religiosas.
  • Los perdedores de una elección se abstienen de limitar el alcance de un cargo al que ha sido elegido un adversario.
  • La oposición confirma a un juez competente cuya ideología no le gusta en lugar de dejar un escaño vacío en la corte.
  • La oposición logra un compromiso imperfecto sobre el presupuesto en lugar de dejar que el gobierno cierre.

En resumen, los políticos con un interés real en el sistema pueden pensar en la política como un deporte de contacto en el que todos los participantes se esfuerzan por obtener una ventaja sobre sus adversarios. Pero también son muy conscientes de que deben haber algunos límites en la búsqueda de sus intereses partidarios; que ganar una elección importante o aprobar una ley urgente es menos importante que preservar el sistema; y que la política democrática nunca debe degenerar en una guerra. "Para que las democracias funcionen", escribió Michael Ignatieff, teórico político y antiguo líder del Partido Liberal de Canadá, hace unos años, "los políticos deben respetar la diferencia entre un enemigo y un adversario". Un adversario es alguien a quien quieres vencer. Un enemigo es alguien a quien debes destruir ".

En Estados Unidos y en muchos otros países del mundo, ya no es así como funciona la política democrática. Como dice Ignatieff, estamos "viendo [cada vez más] lo que sucede cuando una política de enemigos suplanta una política de adversarios". Y la nueva cosecha de populistas que han tomado el escenario político en las últimas décadas tiene mucha culpa de esto.

El aumento de estos nuevos políticos es probablemente un signo de salud y vitalidad democráticas, pero también de una enfermedad inminente.

  • Los sistemas políticos se benefician de una competencia de ideas y de una sustitución regular de una élite gobernante por otra.
  • Los partidos nuevos pueden ayudar de ambas maneras, forzando temas largamente descuidados en la agenda política, y aumentan la representatividad del sistema político.
  • Los políticos emergentes pueden catapultar a una nueva cosecha de políticos, inyectando sangre fresca al sistema.
Jörg Haider, un político de extrema derecha, hablando en Austria (2000)
Fuente: Gert Eggenberger/EPA

Aun así, hay buenas razones para pensar que la reciente dilución del sistema de partidos está lejos de ser benigna. Muchos de los nuevos partidos no ofrecen alternativas ideológicas dentro del sistema democrático, desafían las reglas y normas clave del sistema en sí mismo.

Uno de los primeros populistas que alcanzó prominencia fue el austríaco Jörg Haider, un hábil y carismático político de Carintia. Pero el grado en que estaba dispuesto a socavar las normas básicas de la democracia liberal se hizo evidente cada vez que se involucraba en una revalorización maliciosa del pasado nazi de Austria. Dirigiéndose a una audiencia que incluía a muchos ex oficiales de las SS, Haider afirmó que "nuestros soldados no eran criminales; a lo sumo, fueron víctimas ".

Romper las normas políticas también es una especialidad de Geert Wilders, el líder del partido Dutch Freedom (PVV de Holanda). Argumentó, “el islam es una peligrosa ideología totalitaria". Mientras que otros populistas han intentado prohibir los minaretes o burkinis, Wilders decidido a no quedarse atrás, ha llegado al extremo de exigir la prohibición del Corán.

En comparación con Haider y Wilders, una figura como Beppe Grillo parece mucho más benigna a primera vista, prometiendo tomar el poder de una "casta política" egoísta y geriátrica y luchar por una Italia más moderna y tolerante. Pero una vez que el Movimiento 5 Estrellas ganó popularidad, rápidamente adquirió un tono antisistema. Sus ataques a la corrupción de los políticos individuales lentamente se transformaron en un rechazo radical de los aspectos clave del sistema político, incluido el propio parlamento. La ira contra el establishment político se sustentaba en una creciente voluntad de involucrarse en teorías de conspiración o de decir mentiras directas sobre los opositores políticos.

La razón por la cual los populistas y los políticos recién llegados están tan dispuestos a desafiar las normas democráticas básicas es en parte táctica: cada vez que los populistas rompen esas normas, atraen la condena unívoca del establishment político. Y esto demuestra que los populistas representan realmente una clara ruptura con el status quo. Por lo tanto, hay algo de maniqueísmo en la tendencia de los populistas a romper las normas democráticas: mientras que sus declaraciones más provocativas son a menudo consideradas como errores por los observadores políticos, su gran disposición a cometer tales errores es una gran parte de su atractivo.

El Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo rechaza el parlamento en sí.
Fuente: Reuters

Pero, por ello, su imprudencia no es menos peligrosa. Una vez que algunos miembros del sistema político están dispuestos a romper las reglas, los demás tienen un gran incentivo para seguir el ejemplo. Y eso es lo que hacen cada vez más. Si bien algunos de los ataques más espectaculares contra las normas democráticas provienen de los políticos recién llegados, los representantes de los partidos antiguos también están cada vez más dispuestos a socavar las reglas del juego.

En ocasiones, los partidos establecidos de la izquierda han cedido a la tentación de violar las normas democráticas. En EEUU, los demócratas han participado durante mucho tiempo en formas inaceptables de gerrymandering (una manipulación de las circunscripciones electorales de un territorio, uniéndolas, dividiéndolas o asociándolas, con el objeto de producir un efecto determinado sobre los resultados electorales). Y durante la presidencia de Obama, el ejecutivo continuó expandiendo su rol de maneras preocupantes, enjuiciando a un número récord de periodistas por manejar información clasificada y usando órdenes ejecutivas para eludir al Congreso en áreas políticas desde el medioambiente hasta la inmigración. Aun así, la mayoría de los científicos políticos están de acuerdo en que los republicanos son ahora, de lejos, el mejor ejemplo para un ataque concertado contra las normas democráticas perpetrado por un partido nominalmente establecido. Un ejemplo es lo que sucedió después de las elecciones para gobernador de 2016 en Carolina del Norte: Roy Cooper, el candidato demócrata, ganó una elección muy polémica por un margen extremadamente estrecho. Pero, en lugar de reconocer que esto le dio un mandato para gobernar durante los próximos cuatro años, los republicanos decidieron reescribir la descripción de su puesto. El gobernador de Carolina del Norte solía ser responsable de designar a 1,500 funcionarios gubernamentales; de acuerdo con una ley aprobada por la legislatura republicana saliente, de ahora en adelante se le permitiría designar solo 425. El gobernador había sido previamente acusado de nombrar hasta 66 fideicomisarios para las juntas escolares de la Universidad de Carolina del Norte; ahora, se le permitiría nombrar ‘cero’.

La victoria de Roy Cooper en las elecciones para gobernador de Carolina del Norte fue frustrada por sus rivales republicanos.
Fotografía: Jonathan Drake / Reuters

La parcialidad de estas acciones es innegable. También lo es su importancia: los republicanos en Carolina del Norte han rechazado la noción de que resolvemos las diferencias políticas mediante elecciones libres y justas y estamos dispuestos a someternos al gobierno de nuestros rivales políticos cuando perdamos.

Los ciudadanos están menos comprometidos con la democracia de lo que alguna vez lo estuvieron; mientras que más de dos tercios de los estadounidenses mayores dicen que es esencial para ellos vivir en una democracia, por ejemplo, menos de un tercio de los estadounidenses más jóvenes lo afirman. También están más abiertos a las alternativas autoritarias; hace dos décadas, por ejemplo, el 25% de los británicos dijo que les gustaba la idea de "un gobernante fuerte que no tenga que molestarse con el parlamento y las elecciones"; hoy, el 50% de ellos lo piensan. Y estas actitudes se reflejan cada vez más en nuestra política: de Gran Bretaña a EEUU, y de Alemania a Hungría, el respeto por las reglas y normas democráticas ha disminuido precipitadamente. Al no ser la única opción disponible, la democracia se está des-consolidando.

Esa conclusión, lo sé, es difícil de aceptar. Nos gusta pensar que el mundo está mejorando con el tiempo y que la democracia liberal está profundizando sus raíces cada año que pasa. Esa es quizás la razón por la cual, de todas mis afirmaciones, la que ha suscitado más escepticismo es la idea de que los jóvenes han sido especialmente críticos con la democracia.

Por una buena razón, a los estadounidenses y los británicos les resulta especialmente difícil creer que los jóvenes son los más desafectos. Después de todo, los jóvenes se inclinaron fuertemente hacia Hillary Clinton, la candidata de la continuidad, en las últimas elecciones estadounidenses: entre los votantes menores de 30 años, el 55% apoyó a Clinton, mientras que solo el 37% apoyó a Trump. La historia de Brexit fue muy similar. Mientras que dos tercios de los británicos jubilados votaron a favor de abandonar la Unión Europea, dos tercios de los millenial votaron a favor del statu quo.

Pero la atracción de los jóvenes hacia los extremos políticos ha crecido con el tiempo. En países como Alemania, el Reino Unido y EEUU, por ejemplo, el número de jóvenes que se ubican en la izquierda radical o en la derecha radical se ha duplicado en las últimas dos décadas; en Suecia, se ha multiplicado por más de tres. Los datos de las encuestas para las partes populistas también confirman esta historia. Si bien es poco probable que los jóvenes voten por Trump o Brexit, es mucho más probable que voten por partidos antisistema en muchos países del mundo.

Marine Le Pen, por ejemplo, considera a los jóvenes como algunos de sus partidarios más fervientes. En esto, Francia no es una excepción. Por el contrario, las encuestas han encontrado resultados similares en países tan variados como Austria, Grecia, Finlandia y Hungría.

Los partidarios de Britain First marchan en Rochester, Kent.
Fotografía: Alamy

Una posible explicación de por qué muchos jóvenes se han desencantado de la democracia es que tienen pocas ideas de lo que significaría vivir en un sistema político diferente. Las personas nacidas en las décadas de 1930 y 1940 experimentaron la amenaza del fascismo cuando eran niños o fueron criados por personas que lo combatieron activamente. Pasaron sus años formativos durante la guerra fría, cuando los temores del expansionismo soviético llevaron la realidad del comunismo a su hogar de una manera muy real. Cuando se les pregunta si es importante para ellos vivir en una democracia, tienen una idea clara de lo que podría significar la alternativa.

Los millenial en países como el Reino Unido o EEUU, por el contrario, apenas experimentaron la guerra fría y es posible que ni siquiera conozcan a nadie que haya luchado contra el fascismo. Para ellos, la cuestión de si es importante vivir en una democracia es mucho más abstracta. ¿No implica esto que, si realmente se enfrentaran a una amenaza para su sistema, estarían seguros de que se unirían en su defensa?

No estoy muy seguro. El solo hecho de que los jóvenes tengan tan poca idea de lo que significaría vivir en un sistema diferente al suyo puede hacer que estén dispuestos a participar en experimentos políticos. Acostumbrados a ver y criticar las (muy reales) injusticias e hipocresías del sistema en el que crecieron, muchos de ellos han comenzado, equivocadamente, a dar por sentados sus aspectos positivos.

Desde que los filósofos comenzaron a pensar sobre el concepto de autogobierno, siempre han puesto un énfasis particular en la educación cívica. De Platón a Cicerón, y de Maquiavelo a Rousseau, todos estaban obsesionados con la cuestión de cómo inculcar la virtud política en la juventud.

No es de extrañar, entonces, que la pequeño grupo de patriotas que se atrevió a establecer una nueva república en EEUU en un momento en que el autogobierno prácticamente había desaparecido de la tierra, también pensó mucho en cómo transmitir sus valores a las generaciones que lo harían después de ellos. George Washington preguntó en su Octava Conferencia Anual: ¿Qué, podría ser más importante que pasar los valores cívicos a "los futuros guardianes de las libertades del país"?

George Washington escribió sobre la importancia de transmitir valores cívicos.
Fotografía: Getty Images

 "Un pueblo que pretende ser su propio gobernador", dijo James Madison unos años más tarde, "debe armarse con el poder que da el conocimiento". Sus miedos sobre lo que le pasaría a Estados Unidos si descuidaba esta tarea crucial suenan extrañamente oportunos hoy: "Un gobierno popular, sin información popular, o sin los medios para adquirirlo, no es más que un Prólogo de una Farsa o una Tragedia; o, tal vez ambos".

Durante los primeros siglos de la existencia de la república, este énfasis en la educación cívica dio forma al país. Los padres buscaron criar a los ciudadanos del mañana, compitiendo entre ellos para ver qué niño de cuatro años podía nombrar a la mayor cantidad de presidentes. Las escuelas de EEUU dedicaron mucho tiempo a enseñar a los alumnos "cómo un proyecto de ley se convierte en ley".

La educación cívica en todas sus formas estuvo en el corazón del proyecto estadounidense, como también se hizo en, digamos, Gran Bretaña, Alemania y Escandinavia. Luego, en medio de una era de paz y prosperidad sin precedentes, la idea de que el apoyo para el autogobierno tenía que ser ganada nuevamente con cada generación que pasaba, comenzó a desvanecerse. Hoy, está casi extinta.

Muchos pensadores conservadores han sugerido un remedio simple para estos males complejos. Como dijo David Brooks en una reciente columna del New York Times, la historia de la civilización occidental debería enseñarse "con confianza progresiva": "Hubo ciertas grandes figuras, como Sócrates, Erasmus, Montesquieu y Rousseau, que ayudaron en algunos momentos, a propulsar las naciones a los niveles más altos del ideal humanista". Brooks tiene razón al enfatizar la importancia de la educación cívica. Pero se equivoca al sugerir que el futuro de la educación cívica debería consistir en un relato tan hagiográfico del pasado. Con todos sus defectos, hay, después de todo, un núcleo importante de verdad en las críticas que los académicos de izquierda, hacen a la democracia liberal. A pesar de que aspiraban a la universalidad, muchos pensadores de la Ilustración terminaron excluyendo a grandes grupos de la consideración moral. A pesar de que tienen grandes logros atribuidos a su nombre, muchos de los "grandes hombres" de la historia cometieron horribles fechorías. Y a pesar de que vale la pena defender el ideal de la democracia liberal, su práctica actual sigue tolerando algunas injusticias vergonzosas.

Protestas en Islandia contra el mal manejo por parte del gobierno de la crisis financiera en 2010.
Fotografía: NordicPhotos / Getty Images

Tanto la historia de la Ilustración como la realidad de la democracia liberal son complejas. Cualquier intento de presentarlos en términos acríticos debe ir en contra del valor de veracidad de la Ilustración y socavar el principio básico democrático de luchar por la igualdad política. Es el reconocimiento de estos hechos, así como la rabia comprensible por la despreocupación de ellos en gran parte de la derecha, lo que hace que sea tan tentador para muchos de los periodistas y académicos de hoy en día establecerse en una actitud de crítica pura y persistente.

Pero un enfoque exclusivo en las injusticias de hoy no es más intelectualmente honesto que una exhortación irreflexiva de la grandeza de la civilización occidental. Para ser fiel a sus propios ideales, la educación cívica necesita mostrar tanto las injusticias reales como los grandes logros de la democracia liberal y esforzarse por hacer que los estudiantes estén tan decididos a rectificar a los primeros como a defenderlos.

Una parte integral de esta educación debe ser una explicación de los motivos por los cuales los principios de la democracia liberal conservan un atractivo especial.

  • Los docentes y profesores deberían dedicar mucho más tiempo a señalar que las alternativas ideológicas a la democracia liberal, desde el fascismo al comunismo, y desde la autocracia a la teocracia, siguen siendo tan repugnantes hoy como lo han sido en el pasado.
  • También deberían ser mucho más claros sobre el hecho de que la respuesta correcta a la hipocresía no es descartar los principios atractivos que a menudo se invocan con sinceridad, sino más bien a trabajar aún más para que por fin se pongan en práctica.

Como afirmo en mi nuevo libro, ‘La gente contra la democracia’, solo podremos contener el aumento del populismo si nos aseguramos de que el sistema político supere las deficiencias reales que lo han alimentado.

  • La gente común siempre ha sentido que los políticos no los escuchan cuando toman sus decisiones.
  • Son escépticos por una razón: los ricos y poderosos realmente han tenido un grado preocupante de influencia sobre la política pública durante mucho tiempo.
  • La puerta giratoria entre cabilderos y legisladores, el papel desmesurado del dinero privado en el financiamiento de campañas y los estrechos vínculos entre la política y la industria realmente han socavado el grado en que los populares dirigirán las políticas públicas.

Todo esto ha tenido un gran impacto en la capacidad del gobierno de cumplir con sus promesas a la gente común. Después de crecer rápidamente en la época de la posguerra, el nivel de vida de la gente común se ha estancado desde hace décadas en muchos países de América del Norte y Europa occidental. Y la creciente frustración por la falta de progreso material, a su vez, ha ayudado a alimentar una reacción cultural masiva contra los ideales de una sociedad igualitaria y multiétnica.

Estas deficiencias solo pueden abordarse mediante una reforma contundente. Las instituciones deben frenar la influencia del dinero en la política y encontrar nuevas formas de permitir que los ciudadanos tengan voz. Los políticos necesitan recuperar la voluntad y la imaginación para garantizar que los frutos de la globalización y el libre comercio se distribuyan de manera mucho más equitativa. Y los ciudadanos, es decir, todos nosotros, tenemos que esforzarnos aún más para construir un patriotismo inclusivo que proteja a las minorías vulnerables contra la discriminación y enfaticemos lo que nos une, no lo que nos divide.

Pero el proyecto de salvar la democracia liberal también exige algo más ingenioso que una reforma. Los populistas solo han podido celebrar éxitos tan asombrosos porque los fundamentos morales de nuestro sistema son mucho más frágiles de lo que creíamos. Y, por lo tanto, cualquiera que busque contribuir a la revitalización de la democracia primero debe ayudar a reconstruirla sobre una base ideológica más estable. Lampadia

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