Jorge Trelles Montero
Para Lampadia
Del mensaje de la Presidenta, este 28 de julio, me quedaron dos imágenes: de un lado la consagración de Dina Boluarte como Jefe del Estado y Personificación de la Nación y del otro (en la televisión teníamos al mismo tiempo, las dos imágenes) el deslucido final del “Castillismo”, representado por unos cuantos centenares de vándalos, que en las calles fue contenido y anulado por una sólida y eficaz policía, que, en verdad, parecía estar jugando al gato y al ratón.
Digo “la consagración “, porque desde que salió de Palacio de Gobierno, hasta que regresó, se comportó como Presidente. En este acto público, que se realiza anualmente en fiestas patrias y donde el Presidente va al Congreso a dar el mensaje personal y escrito que dispone la Constitución, se comportó, como si no lo hiciese por primera vez: la manera en que llego al Congreso, sus saludos a nuestros congresistas, el tono y claridad de su voz, sus gestos y hasta sus eventuales sonrisas cuando leía el mensaje, eran los de una Presidente.
Tanto mayor el mérito, cuando no muchos meses antes no creo que tuviera idea del destino que le esperaba a la vuelta de la esquina: ser jefe del Estado y personificar a la nación. Esto en un momento muy difícil, con el país golpeado, desarticulado y ella, sin partido propio y sin bancada en el Congreso.
Mi familia es Apurimeña y mi padre desde que era muy pequeño nos enseñó los méritos y hazañas de los Chancas, pueblo apurimeño que llego a tomar la ciudad del Cuzco. Viendo a nuestra Presidenta, bruscamente sentí un especial orgullo.
Volviendo al mensaje, quizás su mayor mérito fue que volvimos al presente, ninguna fantasía de un imposible regreso a un marxismo leninismo mariateguista a la peruana, que pudo pensarse hace 60 años, pero no ahora cuando ya no existe la Unión Soviética, ni la China de Mao y de Cuba solo queda una isla de mendigos. Cuando el mundo cada vez más global se comporta en la producción de bienes y servicios bajo las reglas del mercado y bajo la vigilancia cada vez más poderosa de los EEUU, es muy irresponsable soñar con el regreso de las fantasías del pasado que ya revelaron su ingenuidad e imposibilidad.
Con el mensaje, otra vez volvimos a los verdaderos temas del desarrollo: el crecimiento económico y la acción del Estado para dar seguridad, terminar con la pobreza y proveer el ambiente jurídico y material propicio para la inversión y el empleo. En todo caso, proveer la salud y la educación gratuita para todos.
Otra vez era claro que el Perú es una república social, democrática, independiente y soberana, como dispone nuestra Constitución.
No debemos soslayar que la forma del mensaje no fue nada buena, parecía el borrador de un mensaje final, que nunca se leyó.
Además, cometió el pecado de omitir un informe detallado sobre el estado y los problemas de la minería. El mundo debe remplazar la energía que producen los fósiles, el carbón y el petróleo. En su remplazo se debe desarrollar la energía eléctrica y para eso es imprescindible el cobre (que nosotros tenemos en abundancia). La lectura de diarios especializados permite saber que la actual existencia de depósitos de cobre en el mundo (en exploración o explotación) solo cubre el 50 por ciento de lo que se necesita.
Fácil es entender las enormes posibilidades económicas del Perú como consecuencia de la necesidad de cambiar de energía.
Recordemos que el cambio de la energía del mundo a finales del siglo XIX, del carbón al petróleo, está en el origen de la preeminencia de EEUU sobre Europa desde esa época. De manera similar, el cobre favorecerá a los países que lo tengan y lo exploten.
Pero volvamos al Perú de Dina Boluarte. Otro hecho importante es la desaparición de la amenaza del comunismo del Foro de Sao Paulo y similares, grupitos de manifestantes en el Parque Universitario no lo revivirán.
Sin embargo, no todo es color de rosa. El gobierno de Dina Boluarte tiene un problema y es que carece de un sólido respaldo en el Congreso. No hay manera de gobernar eficientemente los tres años que le quedan a este, sin que haya un público entendimiento con fuerzas políticas del Congreso que le aseguren una mayoría.
En esto sí ha fallado el primer ministro y a él le corresponde la iniciativa. Iniciativa para un dialogo público que culmine en un plan de desarrollo, del que tengamos la seguridad de que contará con el apoyo del Congreso. Y esto no requiere del Acuerdo Nacional. Requiere, primero, llamar a los mejores cuadros técnicos al gobierno para que ayuden a definir los alcances del plan y después reunirse con los líderes de los partidos con representación parlamentaria y lograr su aceptación. Si el Dr. Otárola no se sintiese a gusto con este encargo, debería dar un paso al costado y permitir de esta manera que el acuerdo se realice.
El acuerdo en el Congreso no será nada fácil, pero si se repitiese la mayoría lograda para la reciente elección de la mesa directiva de este, creo que el país tendría gran futuro.
Quizás sea la Presidenta la que deba encabezar este empeño. Lampadia