Gerardo Eto Cruz
Ex-Magistrado del Tribunal Constitucional
Para Lampadia
Los humanos somos seres gregarios, los anacoretas y ermitaños son excepciones, de allí que Aristóteles tenía razón cuando sostenía que somos zoon politikon, es decir las personas vivimos interrelacionados con los demás y somos seres destinados a vivir en comunidad y a participar en la vida política y que sólo las bestias y los dioses viven solos.
En la vida cotidiana la gente suele tomar decisiones; y son parte del día a día, otras son decisiones sumamente trascendentes que quien las toma las quiere y desea; hay muchas decisiones que no siempre tienen resultados como se hubiera querido, pero eso depende de muchas contingencias y aunque Byung-Chul Han ha dado por cancelada la sociedad disciplinaria que era la sociedad de la negatividad esgrimida por Foucault, ha acuñado en la sociedad del cansancio la era de la positividad («el sujeto de rendimiento es más rápido y más productivo que el de obediencia»). El desideratum de lo que uno desea, no siempre ocurre, pues los tiempos son de muchas frustraciones. Interesa analizar aquí aquellas decisiones que son muy malas, y ciertamente estúpidas; cuando ello ocurre, esta pésima decisión la pagamos … y muy caro.
La RAE precisa que la estupidez es la “torpeza notable en comprender las cosas”. Y se le puede endilgar a las personas carentes de destrezas en sus acciones cotidianas, se trata de los necios, o de la falta de una mínima sagacidad e inteligencia y de sentido común. Humanamente todos cometemos hechos de este jaez. En los predios de la filosofía se ha reflexionado mucho, en la ciencia política lo propio, dado que allí se analiza la capacidad para pensar y tomar decisiones correctas en las políticas gubernamentales.
¿Qué ocurre cuando un hombre de Estado toma una decisión estúpida y muy mala?
Desde los albores de la humanidad, hasta la actualidad, se han tomado decisiones que afectan a los grupos humanos. En la ciencia política existe toda una teoría de las decisiones colectivas que suelen asumir los gobernantes. Si el común de los mortales tomamos malas decisiones y pagamos (y a veces muy caro); ocurre que cuando son los gobernantes los que han tomado malas decisiones y muchas de ellas ciertamente estúpidas el que paga por ello es el colectivo humano.
Quien gobierna en cualquier parte del mundo no decide en la oquedad de su soledad: voces dispersas y hay veces contradictorias de su entorno, susurran lo que debe hacerse. Al final, el que detenta el poder toma la decisión y, según la destreza de la misma, se puede apreciar si es una decisión correcta y muy buena; o, por el contrario, torpe, estúpida y muy mala.
La toma de decisiones no es nada fácil
Tomar una decisión es decidir con firmeza una posición frente a un hecho rodeado de dudas e incertidumbres y que presentan diversas alternativas. La toma de decisiones, sea de personas comunes o de gobernantes o líderes es un tema complejo y multifacético. Y hay muchas razones donde individuos como los gobernantes y políticos en general suelen tomar decisiones “estúpidas” desde una perspectiva externa.
Entre las diversas causas que pueden generar una decisión tonta o estúpida es la falta de información completa o precisa al momento de decidir;
la influencia de ciertos sesgos cognitivos que distorsionan el razonamiento lógico (no olvidemos que vivimos en posverdad y falacias políticas),
también en esta era de hiper aceleración, juega la presión del tiempo o de contingencias y hechos inesperados que limitan la capacidad reflexiva del decididor;
a ello se adicionan intereses personales, vanidades y narcisismo propios de los gobernantes que ejercen una “política pop” (el grueso de los gobernantes quieren ser como los grandes artistas que tienen la gloria).
En política, los tiempos cuentan, son cancelatorios e irreversibles; he allí que en toda la historia de la humanidad se puede observar decisiones muy malas que asolan la evolución humana (cf. Weir S: Historia de las peores decisiones y de las personas que las tomaron. Santillana, México 2014. 2 vol.). A todo esto, el registro emocional del mandatario y su corte (ministros, asesores, etc.) que integran el poder político fluye desde la ira y la envidia, el rencor y la venganza, tanto como la cobardía y el miedo, el desprecio y una serie de aspectos subconscientes que rodean la pulsión humana.
Estamos entonces ante una decisión que puede reputarse de “tonta” o “estúpida” cuando va en contra del sentido común o de los intereses de la persona que decide; y, en el caso de los gobernantes, cuando se decide sin tener en cuenta a la población de las posibles consecuencias negativas o cuando se base en informaciones erróneas, falsas o sesgadas. Igual cuando se ha tomado bajo el arrebato impulsivo y emocional; cuando se ha ignorado a los expertos en la materia que se decide.
Las decisiones estúpidas de los gobernantes y políticos en general
En todo el planeta tierra los gobernantes, sea del sistema político o del régimen que se trate, se toman decisiones que, para el propio interés del gobernante no es nada tonto y estúpido, pero sí para la colectividad. Entonces, hay decisiones que son analizadas en términos fríos y perversos para alcanzar determinadas metas y fines bajo el sigilo de la arcana imperii. Allí no hay decisión estúpida, sino decisión vil y perversa, pero siempre en contra de un sector que, por lo general es de la oposición y, lo más común, contra la población.
Si se quisiera realizar un registro de las decisiones negativas, malas o estúpidas en el Estado, se tendría que identificar a los que lo conforman, que son, al fin y al cabo, personas de “carne y hueso” y que detenta la titularidad de algún cargo que van desde la presidencia de la república, hasta legisladores, desde los miembros de las altas cortes de justicia, hasta los diversos órganos autónomos del Estado.
Pues bien, todos y cada uno de ellos, suelen tomar decisiones correctas y ese es el ideal que la ciudadanía espera y que en la filosofía política siempre se desea: que el gobernante lleve a buen puerto a su país; pero también hay, por la propia naturaleza humana, imperfecciones que son los yerros de una mala decisión gubernamental. Y la exigencia de quienes están en el Estado es que no deben cometer errores que afecten al país. Sin embargo, ello no ocurre así. Pasemos someramente a dar una visión desde nuestro predio nacional.
No es la entidad «Estado» el que toma decisiones, son las personas.
El Estado se encuentra conformado en el plano de la realidad fáctica por personas de carne y hueso y que son sus titulares que representan a la institución política llamada Estado. Y así, en su estructura, la Constitución juridifica al poder político a través de sus correspondientes órganos. Al respecto, German Bidart Campos ha hecho un deslinde conceptual sobre dos categorías:
i) órgano-individuo y
ii) órgano-institución;
y así sostiene que en el primer sentido, se trata del órgano como persona física que realiza la función o actividad, y en el segundo, del órgano como repartición pública que implica una determinada esfera de competencia.
Y es así como el único que puede actuar por la persona jurídica es el ser humano, es decir el órgano físico; pero el orden jurídico puede crear múltiples funciones que deben ser realizadas por órganos físicos diferenciados, en forma que permite hablar del órgano jurídico u órgano institución; y así Bidart campos concluye que cuando el órgano físico actúa como titular del órgano jurídico, se dice que ha actuado la persona jurídica colectiva (cf. El derecho constitucional del poder. Buenos Aires. Ediar,1967. p. 51 y ss.).
Y así tenemos que los hombres de Estado son personas normales, como cualquier vecino; pero que por diversos factores han logrado acceder a la estructura del poder de un país, y llega así con sus virtudes y sus defectos; muchas veces más priman unos que otros y cuando asume decisiones estúpidas en estricto no es una virtud sino un yerro y el que paga finalmente es la colectividad de ese país que lo ha encumbrado en el poder. Lampadia