Jaime de Althaus
Para Lampadia
Cuando vemos que Trump llama “dictador” al presidente de Ucrania Volodomir Zelensky y lo califica de cómico de segunda categoría y, al mismo tiempo parece entenderse a las maravillas con Vladimir Putin, quien si es un dictador o un autócrata, podríamos pensar que estamos pasando de una geopolítica basada en la división entre democracias y autocracias (que nació como la guerra fría entre el mundo libre y las dictaduras comunistas y derivó en la división entre Occidente y el resto), a una basada en la división entre países que defienden valores conservadores versus aquellos dominados por el “wokismo”.
Más aun cuando deja de lado a Europa en las negociaciones con Rusia sobre la paz con Ucrania (aunque el lunes ya hubo conversaciones que apuntan a darle un rol a Europa en la seguridad post acuerdo de paz, y avanza un acuerdo entre Estados Unidos y Ucrania), y cuando al mismo tiempo que amenaza a Panamá y Canadá, países libres, sigue importando petróleo venezolano.
Milei, en cambio, sigue moviéndose en el primer eje, el de la libertad. Dijo el lunes en a la conferencia conservadora del CPAC:
“es fundamental que las naciones que hemos abrazado las ideas de la libertad permanezcamos unidas y colaboremos unas con otras. Debemos formar una alianza de naciones libres…Sólo mediante una internacional de derecha podremos ponerle un fin a la casta política a la que nos enfrentamos, que está hundiendo a occidente en la más oscura profundidad y recuperar el ímpetu para protegernos de las fuerzas despóticas que nos quieren subyugados hoy…”.
La propia Giorgia Meloni defendió la identidad libre de Occidente y de Europa, remontándose a la democracia griega, aunque también incluyó al cristianismo como parte de esa identidad.
Sin embargo, los ataques del vicepresidente norteamericano J.D. Vance a los países europeos por supuestamente no respetar resultados electorales y tampoco la libertad de expresión al censurar a partidos y pensadores considerados de “extrema derecha” desde una posición progresista o “woke”, mientras al mismo tiempo no se formula crítica alguna a Putin o Rusia donde la expresión de ideas críticas se puede pagar con la muerte o el envenenamiento, pero donde se defiende los valores tradicionales conservadores, reflejarían este nuevo alineamiento en torno al eje conservador.
Diríamos entonces que hay una tensión entre ejes ordenadores de la lucha geopolítica. La verdad, sin embargo, es mucho más pedestre. Estados Unidos (Trump) no está reordenando el mundo entre conservadores y progresistas, sino en torno a sus propios intereses, básicamente económicos.
En una conferencia de prensa al lado del presidente francés Emanuel Macron, Trump dijo claramente que quiere llegar a acuerdos económicos con Rusia porque ese país, por su extensión, es el que tiene la mayor cantidad de “tierras raras” (que son insumos críticos de la nueva tecnología basada en energías renovables, telecomunicaciones y electrónica, clave para la defensa también).
Estados Unidos no quiere depender de la China para el abastecimiento de esos elementos, y por eso busca otros proveedores: Ucrania para comenzar, y Rusia. Esto haciendo caso omiso al temor europeo acerca de las ambiciones expansionistas de Rusia.
Entonces tiene razón Francisco Tudela cuando sostiene que lo que busca Trump es romper la relación estratégica entre China y Rusia, de la misma manera como Nixon y Kissinger la rompieron en 1972 abriendo relaciones con la China de Mao Tse Tung para aislar a Rusia en la guerra fría. Ahora estaría ocurriendo lo mismo, pero a la inversa: Estados Unidos se acerca a Rusia para contener el avance económico chino, no depender de sus minerales críticos y reorientar la dependencia económica rusa de la China a Norteamérica.
Lo curioso es que el acelerado avance económico chino de las últimas décadas podría haber sido, en alguna medida, consecuencia de la movida estratégica de Nixon, que llevó a la China a abrir algunos pocos años más tarde su economía al comercio global.
Finalmente, la máxima de Deng Xiaoping, “no importa de qué color es el gato, sino que cace ratones”, es la que Nixon y Kissinger habían aplicado al acercarse a Mao Tse Tung. Y es la que está aplicando Trump cuando se aproxima a Rusia.
En suma, el eje dominante de la geopolítica global no es ideológico en ningún sentido, sino económico y de poder, derivado del interés primordial de Trump de mantener la hegemonía económica (y, consecuentemente, política) de Estados Unidos, dominando a la China. Pero si el instrumento principal que usa para ello es la protección de sus industrias, incluso las tradicionales, lo único que va a lograr es debilitar su capacidad de crecimiento y reducir el comercio global. El proteccionismo anula la competitividad de las economías. Es cierto que usa los aranceles para negociar, pero también para proteger en sentido absoluto, como cuando impone un arancel universal de 25% al acero, el aluminio, a los automóviles, a los semiconductores y a los productos farmacéuticos.
Sí tiene sentido, en cambio, el planteamiento de los “aranceles recíprocos”, y ya Milei anunció que se acogerá a esa idea proponiéndole arancel cero de ida y vuelta. Un gambito que Trump tendría que aceptar. Es que Milei cree en el libre comercio. Trump no.
Tenemos que apoyar a Milei en esto, porque el resultado del proteccionismo norteamericano será el empobrecimiento mundial y una menor demanda para nuestros productos. Tenemos que dar la batalla para impedirlo y para lograr lo que el presidente argentino proponía: una internacional de países libres. Una geopolítica de la libertad. Lampadia