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Lima-Perú, 08/06/2018 a las 01:06pm. por Lampadia

Los riesgos del populismo y una geopolítica bipolar

La urgencia de salvar el multilateralismo

Pareciera que las grandes potencias son incapaces de diseñar un mundo para todos en el siglo XXI, más globalizado, unido y multilateral. El mundo ha cambiado y está cambiando aceleradamente y, las instituciones que nos permitieron armonizar las relaciones internacionales en la Pos-Guerra han devenido en débiles e inapropiadas.

En general, los logros de las estructuras internacionales han sido formidables, si consideramos que la población mundial más que se duplicó y hoy las condiciones de vida de la población global son muy superiores a las del mundo de la pre-guerra. Los beneficios objetivos se ven en la esperanza de vida al nacer, las muertes de infantes, el nivel de educación, acceso a la salud y la menor pobreza, que hoy abarca menos del 10% del total de la población.

Sin embargo, desde la crisis financiera del 2008-9, la penetración de China en todos los mercados del mundo, y la ubicuidad de la ‘cuarta revolución industrial’ que amenaza con ser especialmente disruptiva con muchos empleos tradicionales; se ha desatado una ola de descontento con los motores del mundo global, la integración y el libre comercio, especialmente en los países más ricos, donde la dinámica de empleo e ingresos viene siendo cuestionada, y muchas veces atribuida, precisamente,  a la globalización y el libre comercio. 

En Lampadia hemos explicado que las políticas anti comercio y anti globalización serán dañinas para todos, pero mientras, en el corto plazo, ofrecen aparentes beneficios a los países más ricos, para los países emergentes como el Perú, son fatales, pues nosotros solo podemos crecer trayendo parte de la riqueza de los consumidores más ricos, industriales e individuales, a los bolsillos de nuestras empresas y ciudadanos más pobres.

Mientras tanto, los países más desarrollados, en vez de abocarse a ajustar las estructuras globales, están optando por elegir líderes populistas que intercambian favor popular por promesas vacías. Un desarrollo especialmente pernicioso es el paulatino empoderamiento de un modelo de hegemonía geopolítica bipolar, con EEUU y China en disputas entre ellos, pero ambos imponiendo sus agendas por encima de las normas internacionales.

Una de las principales razones del descontento, que da pie a la tendencia localista y populista, es el descuido de los países de mayores recursos, con sus minorías ‘dejadas de lado’ por la globalización. No hay forma de superar el creciente desencanto con las estructuras globales y el aumento del populismo, si no nos abocamos a diseñar un modelo dirigido a resolver las deficiencias actuales.

Hoy queremos compartir con nuestros lectores el análisis de Project Syndicate (con un tono similar al de The Economist), que nos presenta cuatro ensayos de académicos vinculados al tema, que dan su visión sobre cómo salvar el multilateralismo en el mundo:

The Big Picture
Salvando el multilateralismo

Project Syndicate
28 de mayo, 2018
Traducido y glosado por Lampadia

Las instituciones de cooperación internacional establecidas después de la Segunda Guerra Mundial son la bête noire [las bestias negras] de populistas y nacionalistas en todas partes. Pero a menos que se aborde el creciente descontento público con el status quo, tales fuerzas solo se volverán más fuertes, con graves consecuencias para la estabilidad y la seguridad global.

En este ‘Big Picture’, Angel Gurría hace un llamamiento a los líderes mundiales para que aborden las áreas donde el multilateralismo no ha generado beneficios compartidos ampliamente. Un primer paso crucial, argumenta Mohamed El-Erian, es desarrollar un nuevo paradigma económico para reemplazar el desacreditado Consenso de Washington.

Ngaire Woods sugiere que el proceso podría mejorarse con diversas coaliciones de partes interesadas impulsando la cooperación internacional. De lo contrario, advierte Brahma Chellaney, el mundo podría terminar siendo un rehén de los intereses en la competencia y pequeños caprichos de un nuevo G2: EEUU y China.

El multilateralismo es el único camino hacia delante

Angel Gurría, ex Secretario de Relaciones Exteriores (1994-1997) y Secretario de Finanzas (1998-2000) de México, es Secretario General de la OCDE. Es miembro de la Junta de la Fundación del Foro Económico Mundial.

Angel Gurría
28 de mayo de 2018
Traducido y glosado por Lampadia

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las instituciones multilaterales han ayudado a países de todo el mundo a evitar guerras catastróficas y alcanzar niveles de crecimiento económico sin precedentes. Pero con el resentimiento contra la idea misma de la cooperación internacional en aumento, el multilateralismo debe abordar las necesidades de aquellos que han perdido sus beneficios.

La cooperación internacional está bajo presión. Las voces del proteccionismo y el nacionalismo están ganando fuerza, y los gobiernos persiguen cada vez más objetivos de política a través de medidas unilaterales o ad hoc, en lugar de trabajar juntos.

Incluso en este contexto, sigue siendo muy claro que la cooperación internacional efectiva mejora los resultados económicos y la vida cotidiana. El intercambio automático de información financiera basado en el Estándar de Informes Comunes de la OCDE ha permitido a los gobiernos recaudar cerca de € 85 mil millones ($ 99 mil millones) en ingresos tributarios adicionales en todo el mundo; este dinero puede ayudar a financiar mejores políticas sociales. Bajo la Convención Antisoborno de la OCDE, los sobornos comerciales son ahora un delito en 43 países. Y gracias al Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes de la OCDE, más de 70 países están tomando decisiones mejor informadas sobre las políticas educativas para sus hijos.

Estos son solo una muestra de los beneficios que las instituciones multilaterales brindan a las sociedades modernas. Pero el valor del multilateralismo en sí mismo trasciende cualquier programa o política en particular.

El sistema internacional y sus instituciones se crearon como un baluarte contra la guerra. Después de ayudar a Europa a recuperarse de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, el multilateralismo dio a los países un propósito común: mejorar el bienestar y la calidad de vida de sus ciudadanos. Más allá de cualquier métrica económica, debemos medir el éxito del multilateralismo en las guerras no combatidas y las vidas que no se pierden.

Sin embargo, cada vez más personas están perdiendo la confianza de que la cooperación internacional puede resolver los problemas de hoy. Si bien la profundización de las interconexiones entre las economías del mundo ha impulsado el crecimiento, ha sacado a millones de la pobreza y ha elevado los niveles de vida, los beneficios no se han compartido lo suficiente.

Si el multilateralismo no está entregando todo lo que queremos, la solución no es darse por vencido. Más bien, debemos hacer que entregue los resultados que necesitamos.

Dada la magnitud de los desafíos mundiales, ningún país llegará lejos solo o incluso bilateralmente. Solo en los entornos multilaterales podremos encontrar soluciones para los complejos desafíos actuales. La cooperación multilateral proporciona espacios para resolver las diferencias de forma pacífica; plataformas para acordar reglas comunes del juego; mecanismos para gestionar mejor los flujos internacionales; y canales para intercambiar ideas, experiencias y prácticas para que los países aprendan unos de otros. La cooperación e integración global han sido fundamentales para la impresionante expansión del bienestar y las oportunidades que hemos presenciado en los últimos 70 años.

Los ministros de los países de la OCDE se reunirán en París bajo la presidencia del presidente francés, Emmanuel Macron. Se juntarán bajo la creencia de que la cooperación internacional es más crucial que nunca, pero que debe abordar mejor las frustraciones y expectativas de las personas y ayudarlas a alcanzar sus más altas esperanzas.

Sabemos lo que se debe hacer. Debemos asegurarnos de que la regulación inteligente de los mercados anticipe los efectos disruptivos de las nuevas tecnologías digitales y aproveche las oportunidades que ofrecen. Debemos actualizar, no abandonar, las reglas del comercio y la inversión mundiales para difundir sus beneficios de manera más amplia. Debemos encontrar nuevas formas de combatir la desigualdad y proteger a los más vulnerables. Y debemos brindar a nuestros niños no solo una educación de calidad, sino también las habilidades que necesitan para prosperar y un planeta limpio en el que vivir.

Los países pueden aprender unos de otros cómo lograr un crecimiento inclusivo al abordar cuestiones como el desempleo, la caída de los salarios, la vivienda y la atención médica. Pero sin la cooperación para contrarrestar los desafíos globales como la corrupción, los flujos financieros ilícitos, las amenazas a la ciberseguridad, la competencia desleal, la contaminación y el cambio climático, las soluciones a estos problemas internos serán parciales y de corta duración.

En su reciente discurso ante el Congreso de los Estados Unidos, Macron pidió una "nueva clase de multilateralismo... eficaz, responsable y orientado a resultados", un multilateralismo que "permita que nuestras culturas e identidades sean respetadas, protegidas y prosperen libremente juntos". Con ese fin, la OCDE se centrará esta semana no solo en defender el principio de la cooperación internacional, sino también en las discusiones sobre lo que debe mejorarse.

Encontrar soluciones requiere que escuchemos a todos, especialmente a aquellos que han perdido la confianza en los gobiernos y las instituciones. El multilateralismo debe evolucionar con el propósito explícito de servir a todos aquellos que anhelan una vida mejor.

En un mundo dividido, todos perdemos. Pero al combinar nuestros conocimientos, experiencias y recursos, y al volver a comprometernos con un sistema multilateral responsable, eficaz e inclusivo, podemos reclamar un futuro más brillante y próspero para todos.

Trabajando hacia el siguiente paradigma económico

Mohamed A. El-Erian, Asesor Económico Principal de Allianz, el padre corporativo de PIMCO, donde ocupó el cargo de Director Ejecutivo y Co-Director de Inversiones, fue Presidente del Consejo de Desarrollo Global del Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. Anteriormente se desempeñó como CEO de Harvard Management Company y Director Adjunto en el Fondo Monetario Internacional. Fue nombrado uno de los 100 mejores pensadores globales de Foreign Policy en 2009, 2010, 2011 y 2012. Es el autor, más recientemente, de “El único juego en la ciudad: bancos centrales, inestabilidad y evitar el colapso siguiente”.

Mohamed A. El-Erian
27 de febrero de 2018
Traducido y glosado por Lampadia

Crear apoyo para un nuevo paradigma económico unificador que reemplace al desacreditado Consenso de Washington será un proceso analíticamente estimulante, políticamente exigente y que requiere mucho tiempo. Mientras tanto, tanto los economistas como los legisladores deben asegurarse de que el paradigma existente no cause más daños de los que ya tiene.

Durante décadas, el mundo occidental depositó su fe en un paradigma económico bien definido y ampliamente aceptado con aplicaciones tanto a nivel nacional como mundial. Pero, en un contexto de disminución de la confianza en la capacidad de los "expertos" para explicar, y mucho menos predecir, el desarrollo económico, esa fe se ha deteriorado. Con un nuevo paradigma que aún no ha emergido, la economía mundial enfrenta un mayor riesgo de fragmentación, y los países ya vulnerables quedan aún más atrás.

El paradigma que, hasta hace poco, dominó gran parte del pensamiento económico y la formulación de políticas se materializa en el llamado Consenso de Washington - un conjunto de diez recomendaciones de política ampliamente aplicables para cada país - y, a nivel internacional, en la búsqueda de la globalización económica y financiera. La idea, en pocas palabras, era que los países se beneficiarían de adoptar precios basados ​​en el mercado y la desregulación en el país, al tiempo que fomentaría el libre comercio y los flujos de capital transfronterizos relativamente abiertos.

Se consideró que profundizar los vínculos económicos y financieros entre los países era la mejor forma de generar ganancias duraderas, mejorar la eficiencia y la productividad y mitigar la amenaza de la inestabilidad financiera. También se consideró que este enfoque producía beneficios colaterales, desde la mejora de la movilidad social interna hasta la reducción del riesgo de conflicto violento entre países. Y prometió apoyar la convergencia positiva de los países en desarrollo y desarrollados, reduciendo así la pobreza absoluta y relativa y debilitando los incentivos económicos para la migración ilegal transfronteriza.

Apoyado por las teorías económicas tradicionales enseñadas en la mayoría de las universidades, este enfoque se fortaleció después de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, cuando los antiguos países comunistas, junto con China, se unieron al orden mundial dominado por Occidente, impulsando producción y consumo.

Pero, en cierto punto, la confianza en el Consenso de Washington se convirtió en algo así como la fe ciega. La complacencia resultante, tanto entre los legisladores como entre los economistas, contribuyó a que la economía mundial se volviera más vulnerable a una serie de pequeños choques que culminaron en 2008 en una crisis que llevó al mundo al borde de una devastadora depresión económica multianual.

De repente, las ventajas de la globalización empalidecieron en comparación con los riesgos. No ayudó que la crisis se originara en los Estados Unidos, que hasta entonces había sido el principal defensor del Consenso de Washington y la globalización desenfrenada, incluso a través de su papel en organizaciones multilaterales como el G7, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.

Las fallas analíticas fueron en parte culpables de esto. La profesión económica no fue lo suficientemente lejos como para desarrollar una comprensión integral de la conexión entre un sector financiero en rápido crecimiento y cada vez más desregulado y la economía real. El impacto de las principales innovaciones tecnológicas fue poco conocido. Y los conocimientos de la ciencia del comportamiento se consideraron inadecuadamente -si no se evitaron por completo- a favor de fundamentos microeconómicos analíticamente elegantes que eran modelos favorables, pero poco realistas y demasiado simplistas.

Mientras tanto, los formuladores de políticas pasaron por alto las consecuencias económicas, políticas y sociales del aumento de la desigualdad, no solo de ingresos y riqueza, sino también de oportunidades, lo que permitió que la clase media fuera gradualmente vaciada, una tendencia que fue exacerbada tanto por desarrollos tecnológicos. También subestimaron los riesgos de contagio financiero y los aumentos en los flujos migratorios. Como resultado, las normas y reglas de comportamiento quedaron muy atrás de las realidades sobre el terreno, y la polarización política se intensificó.

A nivel internacional, el orden establecido de la posguerra fue desafiado cada vez más por una China en ascenso, cuyo tamaño, en términos de geografía y población, le permitió alcanzar una importancia sistémica, a pesar de un ingreso per cápita relativamente bajo y un sistema político que parecía en desacuerdo con una economía liberal basada en el mercado. Las principales instituciones económicas mundiales lucharon por adaptarse lo suficientemente rápido.

De hecho, a pesar de algunos ajustes, la estructura de gobierno del FMI y el Banco Mundial siguió reflejando las realidades pasadas, y Europa, en particular, mantuvo una influencia desproporcionada. Incluso el G20, que surgió cuando el G7 resultó ser demasiado estrecho y exclusivo para apoyar una coordinación efectiva de política económica, no logró cambiar el juego. La falta de continuidad operativa, junto con los desacuerdos entre los países, socavó rápidamente la efectividad del G20, especialmente después de que la amenaza de una depresión mundial había pasado.

Ante todo esto, no debería sorprender que el entusiasmo por la globalización económica y financiera haya flaqueado. De hecho, tanto las economías avanzadas como las emergentes se han resistido durante mucho tiempo a la idea de fortalecer las instituciones regionales e internacionales al delegarles más autoridad nacional.

Ahora, algunos países están adoptando un enfoque más interno o cambiando su enfoque a los vínculos bilaterales y, en Asia, a los regionales. Tales cambios otorgan a las economías más grandes, como Estados Unidos y China, una clara ventaja, mientras que algunas economías y regiones, particularmente en África, enfrentan una marginación cada vez mayor.

Crear consensos en torno a un paradigma unificador revisado no será fácil. Será un proceso desafiante desde el punto de vista analítico, políticamente exigente y que requerirá mucho tiempo, que probablemente conllevará la consideración y el rechazo de unas pocas ideas malas antes de que las buenas se arraiguen. También será un proceso más multidisciplinario e intelectualmente inclusivo, más ascendente que descendente, que el que lo precedió. Tendrá que adaptarse inteligentemente a las innovaciones en inteligencia artificial, Big Data y movilidad.

Mientras tanto, los economistas y los políticos tienen un papel importante que desempeñar para mejorar la situación existente. A nivel internacional, el concepto de "comercio justo", sin mencionar el desplazamiento social, debería ser una parte más importante de las discusiones sobre políticas. Y las economías, especialmente Europa, deben trabajar activamente para reformar un sistema de gobernanza multilateral que carece de credibilidad.

Además, los lazos de retroalimentación entre la economía real y las finanzas deben examinarse con mayor profundidad. Es necesario comprender y abordar mejor las cuestiones de distribución, incluidas las presiones sobre la clase media y la difícil situación de los segmentos de población vulnerables al deslizamiento a través de redes de seguridad social extendidas. Esto exige una comprensión más profunda de los cambios estructurales impulsados ​​por la tecnología, con Big Tech reconociendo y ajustándose a su creciente importancia sistémica en sintonía con el gobierno.

La complacencia fue una razón central para la pérdida de credibilidad del último paradigma económico. No permitamos que haga más daño del que ya tiene.

 MARK SCHIEFELBEIN / AFP / Getty Images

Cooperación Internacional 2.0

Ngaire Woods es decana fundadora de la Escuela de Gobierno Blavatnik en la Universidad de Oxford.

Ngaire Woods
20 de febrero de 2018
Traducido y glosado por Lampadia

A medida que la fe en el liderazgo de EEUU disminuye, también lo hará el compromiso de otros países con la cooperación internacional, tendencias que podrían culminar en una competencia económica o incluso un conflicto violento. Pero parece que ya está surgiendo otra forma, basada en nuevas coaliciones, así como en instituciones mundiales actualizadas, encabezadas por actores más diversos.

Después de décadas de servir como la columna vertebral de un orden global basado en reglas, Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, promociona una agenda de "Primero América" ​​que ensalza el estrecho nacionalismo económico y la desconfianza de las instituciones y acuerdos internacionales. Pero puede estar surgiendo un nuevo tipo de cooperación internacional, una que funcione en torno a Trump.

Sin duda, a medida que la administración Trump continúa repudiando los patrones de cooperación establecidos hace mucho tiempo, el riesgo para la estabilidad global se vuelve cada vez más agudo. Por ejemplo, en la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos el mes pasado, el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos Steven Mnuchin habló positivamente sobre un dólar más débil como una forma de impulsar el comercio estadounidense.

Para un país que depende de la demanda extranjera de dólares fuertes y de bonos del Tesoro para financiar su déficit en rápida expansión, esta es una perspectiva temeraria. Además, equivale a una traición al compromiso de larga data de Estados Unidos de mantener un sistema monetario basado en reglas que desaliente la devaluación de la moneda competitiva.

En política exterior, el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Rex Tillerson, respaldó la reactivación de la Doctrina Monroe -la afirmación del siglo XIX de la primacía estadounidense en el Hemisferio Occidental que tenía como objetivo impedir la entrada de competidores europeos- en Centroamérica y Sudamérica, para frenar su creciente influencia. La nostalgia de Tillerson por 1823 no se compartió al sur de la frontera, donde, como señaló un comentarista mexicano, la Doctrina Monroe "sirvió para justificar las intervenciones gringas", y donde el creciente compromiso de China es visto como un contrapeso a los EEUU.

La administración Trump también ha presentado una nueva política nuclear más agresiva. Su Nuclear Posture Review propone usar ataques nucleares en respuesta a amenazas no nucleares y desplegar nuevos dispositivos nucleares de "bajo rendimiento" que entregarían en submarino una bomba nuclear equivalente en potencia a los que destruyeron Hiroshima y Nagasaki en 1945. Esta política, según el secretario de Defensa James Mattis, busca convencer a los adversarios de que "no tienen nada que ganar y todo que perder por el uso de armas nucleares" que equivale a invertir 40 años de liderazgo estadounidense en la reducción de arsenales nucleares y alentar la no proliferación.

Como era de esperar, otros países están perdiendo rápidamente la fe en los Estados Unidos como un socio estable, y mucho menos como un líder confiable. Según una encuesta de Gallup, la confianza en el liderazgo de EEUU en 134 países cayó de un promedio del 48% en 2016 al 30% en 2018, cayendo en 40 puntos (o más) en Canadá, Portugal, Bélgica y Noruega. Mientras tanto, la desaprobación del liderazgo de EEUU ha incrementado en 15 puntos, a un puntaje promedio de 43%, en comparación con 36% para Rusia, 30% para China y 25% para Alemania.

A medida que disminuya la fe en el liderazgo internacional de los Estados Unidos, también lo hará el compromiso de los países con la cooperación: tendencias que podrían culminar en una competencia económica o incluso un conflicto violento. Después de todo, es poco probable que un país siga las reglas si no cree que sus oponentes harán lo mismo. Japón, por ejemplo, probablemente se abstendrá de devaluar su tipo de cambio si cree que Estados Unidos también se abstendrá.

Por supuesto, algunas de las declaraciones de la administración Trump podrían ser meras tonterías. Durante el primer mandato del presidente Ronald Reagan a principios de la década de 1980, también cuestionó el orden monetario internacional; tomó una línea más dura en América Latina; y expresó dudas sobre la disuasión nuclear (prefiriendo la idea de la superioridad nuclear). Pero, en su segundo mandato, Reagan había llegado a abrazar la cooperación internacional.

En ese momento, sin embargo, el liderazgo de EEUU estaba virtualmente garantizado, dado que la única otra superpotencia global, la Unión Soviética, estaba en un declive esclerótico. Ese no es el caso hoy. Pero eso no significa que la cooperación internacional esté condenada.

En su libro de 1984 After Hegemony, el académico estadounidense Robert Keohane argumentó que la cooperación internacional podría continuar, incluso sin el dominio global de los Estados Unidos. La idea central de Keohane fue que la creación de instituciones como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de la Salud e incluso instituciones alemanas como el G20 pueden requerir un líder.

De hecho, gracias a tales instituciones, la carga del liderazgo ahora es más leve. Si los gobiernos buscan beneficiarse de los sistemas basados ​​en reglas, como los que rigen el comercio mundial, pueden hacerlo a través de las instituciones multilaterales existentes. Esto permite una gama más diversa de gobiernos para asumir el liderazgo en diferentes áreas.

En enero de 2017, luego de que Trump anunciara que Estados Unidos se retiraba de la Asociación Transpacífica, la ambiciosa iniciativa liderada por Estados Unidos para crear un bloque de comercio e inversión masivo que abarque 12 países de la Cuenca del Pacífico, muchos asumieron que los días del TPP estaban contados. Pero un año después, los 11 países restantes anunciaron que avanzarían, en base al llamado Acuerdo Integral y Progresivo para el TPP.

Del mismo modo, después de que Trump anunciara en junio pasado que Estados Unidos se retiraría del acuerdo climático de París, muchos observadores temían lo peor. A fines del año pasado, todos los demás países del mundo se habían convertido en signatarios del acuerdo. Además, 15 estados de EEUU formaron la Alianza del Clima de los EEUU, que está comprometida con la defensa de los objetivos del acuerdo de París.

Finalmente, el cuestionamiento público de Trump de la OTAN, la alianza de seguridad liderada por Estados Unidos, ha estimulado a los europeos a seguir adelante con sus propios planes de seguridad. Estados Unidos, temiendo que pueda ser marginado, ahora ha planteado objeciones a estos movimientos.

Eso no es sorprendente. La forma de cooperación internacional que ahora está comenzando a emerger promete reflejar puntos de vista e intereses más diversos, con los países ajustando sus políticas en base a una variedad de consideraciones internacionales, no solo las preferencias e intereses de los EEUU. El resultado podría ser nuevas coaliciones cooperativas, junto con instituciones mundiales actualizadas. En cuanto a EEUU, la administración Trump bien podría encontrar que "America Primero" realmente significa "America Sola".

JIM WATSON / AFP / Getty Images

El mundo según Trump y Xi

Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos en el Centro de Investigación Política de Nueva Delhi y miembro de la Academia Robert Bosch de Berlín, es autor de nueve libros, entre ellos Asian Juggernaut, Water: Asia's New Battleground, y Water, Peace y Guerra: enfrentando la crisis mundial del agua

Brahma Chellaney
22 de mayo de 2018
Traducido y glosado por Lampadia

La estrategia de Trump "América Primero" y el "sueño chino" de Xi se basan en una premisa común: que los dos mayores poderes del mundo pueden actuar en su propio interés con impunidad. El orden mundial G2 que están creando es difícilmente un orden en absoluto; para todos los demás, es una trampa.

La principal democracia del mundo, los Estados Unidos, se ve cada vez más como la autocracia más grande y más antigua del mundo, China. Al aplicar políticas unilaterales agresivas que burlan el amplio consenso global, el presidente Donald Trump justifica de hecho el desafío a largo plazo de su homólogo chino Xi Jinping al derecho internacional, exacerbando riesgos ya graves para el orden mundial basado en reglas.

China está persiguiendo agresivamente sus reclamos territoriales en el Mar del Sur de China, incluso mediante la militarización de áreas disputadas y la introducción de sus fronteras en aguas internacionales, a pesar de que un fallo arbitral internacional los invalida. Además, el país ha armado los flujos transfronterizos de los ríos y ha utilizado el comercio como un instrumento de coacción geoeconómica contra los países que se niegan a seguir su línea.

Estados Unidos a menudo ha condenado estas acciones. Pero, bajo Trump, esas condenas han perdido credibilidad, y no solo porque están intercaladas con elogios para Xi, a quien Trump ha llamado "excelente" y "un gran caballero". De hecho, el comportamiento de Trump ha aumentado el sentido de hipocresía de EEUU, envalentonando aún más a China en su revisionismo territorial y marítimo en la región del Indo-Pacífico.

Sin duda, Estados Unidos ha perseguido durante mucho tiempo una política exterior unilateral, ejemplificada por la invasión de Irak de George W. Bush en 2003 y el derrocamiento del régimen de Muammar el-Gadafi en Libia en 2011, por parte de Barack Obama. Aunque Trump no ha (todavía) derrocado a un régimen, ha adoptado el enfoque del unilateralismo asertivo, emprendiendo un asalto múltiple al orden internacional.

Casi inmediatamente después de ingresar a la Casa Blanca, Trump retiró a EEUU de la Asociación Transpacífica (TPP), un ambicioso acuerdo de comercio e inversión negociado por Obama a 12 países. Poco después, Trump rechazó el acuerdo climático de París, con el objetivo de mantener las temperaturas globales "muy por debajo" de 2°C, por lo que EEUU es el único país que no participa en ese esfuerzo.

Más recientemente, Trump trasladó la embajada de EEUU en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, a pesar de un amplio consenso internacional para llegar a un acuerdo sobre el conflicto israelo-palestino. Al abrirse la embajada, los residentes palestinos de Gaza intensificaron sus protestas exigiendo que los refugiados palestinos puedan regresar a lo que hoy es Israel, lo que provocó que soldados israelíes mataran al menos a 62 manifestantes e hirieran a más de 1,500 en la cerca fronteriza de Gaza.

Trump es culpable de estas bajas, sin mencionar la destrucción del papel tradicional de los Estados Unidos como mediador del conflicto israelo-palestino. Lo mismo ocurrirá para cualquier conflicto e inestabilidad que surja de la retirada de Trump del acuerdo nuclear de Irán 2015 a pesar del cumplimiento total de Irán con sus términos.

El ataque de Trump al orden basado en reglas se extiende también, y siniestramente, al comercio. Mientras Trump ha pausado al suspender sus aranceles arrolladores prometidos sobre las importaciones chinas a los EEUU, ha tratado de coaccionar y avergonzar a los aliados de Estados Unidos como Japón, India y Corea del Sur, a pesar de que su superávit comercial combinado con EEUU (US$ 95.6 mil millones en 2017) asciende a cerca de una cuarta parte de China.

Trump ha obligado a Corea del Sur a aceptar un nuevo acuerdo comercial y ha tratado de exprimir la importante industria de tecnología de la información de la India, que genera una producción de 150 mil millones de dólares por año, al imponer una política restrictiva de visados. En cuanto a Japón, Trump obligó el mes pasado a un renuente primer ministro japonés, Shinzo Abe, a aceptar un nuevo marco comercial que Estados Unidos considera precursor de las negociaciones sobre un acuerdo bilateral de libre comercio.

Japón preferiría que EEUU se reincorporara al TPP ahora liderado por Japón, lo que garantizaría una mayor liberalización general del comercio y un campo de juego más nivelado que un acuerdo bilateral, que Estados Unidos trataría de inclinar a su favor. Pero Trump -que también se ha negado a excluir permanentemente a Japón, la Unión Europea y Canadá de las tarifas de acero y aluminio de su administración- no le presta atención a las preferencias de sus aliados.

Abe, por su parte, ha "soportado repetidas sorpresas y bofetadas" de Trump. Y no es el único. Como dijo recientemente el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, "con amigos como [Trump], quién necesita enemigos".

Las tácticas comerciales de Trump, dirigidas a frenar el declive económico relativo de Estados Unidos, reflejan el mismo mercantilismo muscular que China ha utilizado para volverse rico y poderoso. Ambos países ahora no solo están socavando activamente el sistema de comercio basado en reglas; parecen estar demostrando que, mientras un país sea lo suficientemente poderoso, puede incumplir reglas y normas compartidas con impunidad. En el mundo de hoy, parece que la fuerza respeta solo la fuerza.

Esta dinámica se puede ver en la forma en que Trump y Xi responden al unilateralismo del otro. Cuando los Estados Unidos desplegaron su sistema de defensa en Corea del Sur, China utilizó su influencia económica para tomar represalias contra Corea del Sur, pero no contra Estados Unidos.

Asimismo, después de que Trump firmara la Ley de Viajes de Taiwán, que fomenta las visitas oficiales entre EEUU y la isla, China organizó una guerra contra Taiwán y sobornó a la República Dominicana para romper las relaciones diplomáticas con el gobierno taiwanés. Estados Unidos, sin embargo, no tuvo consecuencias por parte de China.

En cuanto a Trump, mientras ha presionado a China para cambiar sus políticas comerciales, le ha dado un pase a Xi en el Mar de China Meridional, tomando solo medidas simbólicas, como la libertad de navegación, contra el expansionismo chino. También se mantuvo en silencio en marzo, cuando las amenazas militares chinas obligaron a Vietnam a detener la extracción de petróleo dentro de su propia zona económica. Y optó por permanecer neutral el verano pasado, cuando la construcción de carreteras de China en la disputada meseta de Doklam provocó un enfrentamiento militar con la India.

La estrategia "América Primero" de Trump y el "sueño chino" de Xi se basan en una premisa común: que las dos mayores potencias del mundo tienen total libertad para actuar en su propio interés. El orden mundial G2 que están creando es, por lo tanto, difícilmente un orden. Es una trampa en la que los países se ven obligados a elegir entre un EEUU impulsado por Trump, impredecible y transaccional, y una China ambiciosa y depredadora. Lampadia

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