Jaime de Althaus
Para Lampadia
En el tema de la inseguridad alimentaria que se ha ventilado mucho estos días a propósito de una desafortunada y muy poco empática declaración del ministro de Agricultura, hay mucha hipocresía. Porque algunos de los que denuncian los altos nieves de inseguridad alimentaria en el país, acogiendo la investigación de la FAO, no están dispuestos a promover las reformas que son necesarias para reducir significativamente esos niveles.
Más bien apuntan a señalar la necesidad de reenfocar los programas de lucha contra la pobreza para que sean más efectivos. Pero esos programas no son sino paliativos. Lo principal no está allí. La inseguridad alimentaria es consecuencia de una caída en los niveles de ingreso de la población, que aún no se recuperan en relación con la prepandemia. Y no se recuperan porque la economía peruana no crece. Y no crece porque no hay inversión privada. Y no la hay porque hemos ingresado en un círculo vicioso involutivo que tuvo su disparador en la elección de Castillo y las movilizaciones insurreccionales que sembraron la incertidumbre y el temor respecto del futuro del Perú. La espada de Damocles de la izquierda antediluviana el 2026 y sigue pendiendo sobre nuestras cabezas.
Pero ya antes de eso, desde el 2011 en adelante, la economía peruana había dejado de crecer a tasas altas, asfixiada por un cúmulo creciente de regulaciones que se sumaban a los problemas de la normatividad laboral que nunca se resolvieron. Entonces comencemos por allí, proponiendo las reformas desreguladoras que permitan que los pequeños crezcan, que las micro y pequeñas empresas puedan formalizarse para acceder al buen crédito y crecer. Es decir, comencemos por abrir la economía peruana, no solo al comercio internacional, sino a los peruanos mayoritarios, excluidos por una legalidad costosa e impracticable.
No tenemos control respecto de lo que pueda ocurrir el 2026, pero sí podríamos impulsar reformas electorales y políticas que ayuden a mejorar la gobernabilidad y, sobre todo, reformas económicas clave como las laborales y tributarias que están en la agenda nacional pendiente hace años y nadie se atreve a tocarlas por temor a afectar a un pequeño grupo que ni siquiera entiende que, si diera paso a las reformas, mejoraría sus ingresos y su poder sindical y social.
El ministro de la desregulación argentino, Federico Sturzenegger tuvo el siguiente comentario cuando le preguntaron su opinión sobre la denuncia de la esposa del ex presidente Alberto Fernández de haber recibido golpes y maltratos continuados: dijo que era un caso más de hipocresía del peronismo kirschnerista, que pregonaba defender a los desfavorecidos mientras subía la pobreza a más del 50% de la población, que durante la pandemia decía que cuidaban a los argentinos, y no compraban las vacunas, y que defendían las políticas de género, y eran golpeadores.
Efectivamente, las cosas son al revés de lo que aparecen. Quienes defienden a los pobres propugnan políticas que generan más pobres. La ideología se ha convertido en un medio retórico para defender privilegios a costa de los peruanos. Lampadia