Fernando Rospigliosi
CONTROVERSIAS
Para Lampadia
El helipuerto construido cerca de la casa de la familia de Pedro Castillo, en Puña, Tacabamba, es un ejemplo más de como el individuo que ocupa Palacio no diferencia entre bienes públicos y privados. Es decir, entre los recursos del Estado y los de él y su familia.
El escándalo no es solamente que se haya construido ese helipuerto con dinero que obviamente no ha salido del bolsillo de Castillo, sino el uso indiscriminado de los helicópteros y aviones de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional para sus frecuentes viajes personales.
Eso, sin duda, constituye un uso indebido de bienes públicos. Esas naves aéreas son costosas y sus operaciones –horas de vuelo, mantenimiento- muy caras. Deben ser utilizadas con discreción y recato, para las necesidades de las fuerzas del orden y para las emergencias.
Pero Castillo y su familia las usan como antes utilizaban los mototaxis para movilizarse. Esta gavilla que ha asaltado el gobierno, cree que puede utilizar con toda impunidad el patrimonio del Estado como si fuera peculio personal.
La cuñada de Castillo, Yénifer Paredes, está incursa en una investigación de la fiscalía –que allanó Palacio de Gobierno por enésima vez en este período- por presuntamente haber cometido tráfico de influencias en Chota.
Demás está mencionar a Fray Vásquez y los otros sobrinos que, desde la campaña electoral, empezaron a disfrutar de una sorprendente opulencia y, ya en el gobierno, se convirtieron en intermediarios y partícipes en oscuros negociados que ahora la fiscalía investiga.
En suma, un típico caso de patrimonialismo, en el que Castillo, su familia y sus secuaces, no distinguen entre el patrimonio personal y el del Estado.
En “Economía y sociedad”, Max Weber incluye el patrimonialismo entre las formas de dominación tradicional, distinta y opuesta a la autoridad legal racional, de normas impersonales.
El patrimonialismo está ampliamente arraigado en la sociedad peruana y sus orígenes se remontan no solamente al período virreinal sino al pre hispánico.
Así, resulta que los revolucionarios marxistas leninistas, comunistas, aquellos que dicen que van a transformar el mundo y acabar con el capitalismo, son en realidad partícipes de una cultura pre moderna, tradicional y reaccionaria.
A estas alturas ya es obvio que es imposible que esta caterva modifique un comportamiento arraigado, que combina el patrimonialismo con la informalidad, el irrespeto por las reglas y las normas, y la tendencia a burlarlas recurriendo a la mentira, el chantaje o el soborno.
La crisis que se agrava cada día exige soluciones radicales y rápidas. Lampadia